Silueta alfredo original

Curiosidades y Anécdotas de la Historia

Alfredo Rodríguez Blázquez

EULALIA, LA CONDESA DE ÁVILA

Después de varias semanas sin escribir en este blog de los lunes, quiero hoy relatar parte de la vida y milagros de una infanta de España que tenía como título nobiliario, entre otros, el de condesa de Ávila. Me refiero a la conocida como infanta republicana, Eulalia de Borbón, cuarta y última hija de Isabel II. En contra de lo que es habitual en mí, la historia que hoy les cuento es muy extensa porque esta infanta siempre llamó mi atención y este pasaje de su vida bien merece que me explaye un poco más.

 

Eulalia, la cuarta y última hija de la reina Isabel II, se separó oficialmente en 1900 de su marido y primo, Antonio de Orleans. La infanta se retiró a vivir con su madre en su palacio de París, mientras que su marido cohabitaba con la garrida Carmela, alias la infanzona, como la bautizó el vulgo, y a la que Alfonso XIII agració con el título de vizcondesa de Tremens. Algo que Eulalia no pudo digerir, y escribió a su cuñada la reina María Cristina:

 

 “Enterada de la concesión del título de vizcondesa de Termens dado a Carmela Jiménez, comprenderás que mi dignidad personal no me permite bajar la cabeza a insulto tan grande, y que ésta sea la causa de mi silencio y de apartarme de la corte. Me considero desligada de ninguna obligación hacia el Rey”.

 

La humillada Eulalia, que engañaba a su marido sin recato, recibía de la sociedad madrileña el apelativo de “medio loca”, y ella les devolvía el cumplido llamándoles sombrías momias. Todo ello la llevó a publicar un libro en 1911, en París, titulado “Au fil de la vie”, bajo el título de Condesa de Ávila (y es que en tierras abulenses, concretamente en la localidad de Navalperal de Pinares, tenía la infanta su residencia predilecta). La obra fue traducida al inglés, y en un apéndice de la misma se publicó la correspondencia cruzada con su sobrino Alfonso XIII:

 

Sorprendido de conocer por los periódicos que publicas un libro bajo el seudónimo de condesa de Ávila y por otras noticias que se supone hayan causado gran sensación, te doy la orden de que suspendas la publicación hasta que yo conozca el libro y recibas mi autorización”.

 

La respuesta de Eulalia no se dejó esperar:

 

Muy extrañada se haga un juicio a un libro antes de conocerlo. Esto solo puede ocurrir en España. No habiendo amado nunca la vida de la corte, situándome fuera de ella, aprovecho esta ocasión para enviarte mis saludos de adiós, ya que, después de tal procedimiento, digno de la Inquisición, me considero libre para actuar en mi vida como bien me parezca”.

 

El libro tuvo una gran venta debido a la protesta real, y los ejemplares de contrabando que llegaron a Madrid lo convirtieron en un best-seller. Las damas de honor corrían con las manos en la cabeza, lanzando alaridos ante las horripilantes ideas que la infanta acababa de dar a la imprenta. Bastó que el gobierno anunciara su intención de revisar la lista civil que doña Eulalia recibía anualmente como princesa española (ciento cincuenta mil pesetas de la época) para que la atolondrada “oveja negra” inclinara la testuz:

 

Mi querido Alfonso:

 

Te escribo no para defenderme, sino para pedirte perdón. Sufro demasiado para permanecer en silencio y para escribir extensamente. Sufro con el corazón de tía, que siente tanto cariño por ti y sufro con el corazón de española que ama tanto a su patria.

 

Inútil es decirte que cualquier castigo que tú me inflijas lo juzgaré merecido, y si hago publicar mi sumisión hacia ti es porque quiero que toda España conozca mis sentimientos hacia mi rey, como hacia mi patria.

 

No me atrevo a besarte, pues si tú me rechazas tendría la pena que merezco. Sin embargo, espero que llegue el día en que pueda pedirte perdón de palabra y decirte que sigo siendo siempre la tía que te quiere tanto”.

 

A pesar de esta carta, la Casa Real rompió relaciones con la osada durante diez años.

 

Cuando volvió a Madrid, después de hacer las paces con su sobrino, residió en la capital de España solo por cortas temporadas, que acababan siempre con disentimientos familiares, sobre todo con su hermana mayor, doña Isabel, tan celosa de mantener la dignidad de las personas reales según su draconiano punto de vista.

 

Ya con setenta y dos años, la infanta vio editado un libro, refrito de varios, titulado “para la mujer”, donde hace una serie de reflexiones femeninas que en España no alcanzaron ninguna repercusión. Algunos párrafos la retratan de cuerpo entero:

 

La mujer moderna ha de recordar que la belleza debe ser adorno exterior e íntimo; constituirá en ella gran atractivo. La belleza se puede mejorar, así como el encanto, que será una forma de manifestar la inteligencia. Una mujer tonta, por hermosa que sea, nunca será encantadora porque su fisonomía y sus gestos no traducen, no prolongan ningún pensamiento, no difunden ningún esplendor. Pero sería absurdo afirmar a priori que una mujer inteligente es encantadora”.

 

Eulalia adoraba el lujo, era poco caritativa con el prójimo, sarcástica y muy ufana de su rango, pese a sus ínfulas democráticas. Pero de todos los sinsabores de la vida hubo uno que debió marcar su ya anciana vida para siempre. La relación amorosa de doña Eulalia con el conde de Jametell parecía haber desafiado al tiempo, pero el desenlace de aquel idilio fue abyecto.

 

En 1939, poco antes de estallar la Segunda Guerra Mundial, la salud del conde declinó y un cáncer lo tenía sumido en el lecho. La infanta acudía a visitarle todas las tardes, a su casa, en la calle Rennes. La veían salir demudada, llorando. Un día, la gobernanta del conde le impidió el acceso al piso del moribundo. Doña Eulalia discutió, empujó a la mujer y entró en el dormitorio. Él se incorporó en el lecho, furioso por su presencia. ¿Qué vienes a buscar aquí, zorra? –le espetó- ¿No puedes dejarme morir en paz, cerca de la mujer que verdaderamente amo?. La gobernanta dio un paso al frente y asió la mano del enfermo, que ordenó a su regia amante: ¡Vete, maldita! ¡Marchate de una vez!

 

Cuando las íntimas de la infanta volvieron a verla, sus ojos azules se habían vuelto más duros que nunca. No había en ellos traza de lágrimas.

 

El conde de Jametell falleció en 1944. Antonio de Orléans, el marido molesto, había desaparecido casi quince años antes, en 1930, abandonado también por Carmela, que lo dejó completamente arruinado. La infanta Eulalia murió en Irún, en 1958, casi centenaria.

 

NOTA: La mayor parte de los textos de este artículo han sido sacados de un libro de Juan Balansó, titulado “Las perlas de la Corona”. También me he ayudado de lecturas como “Anécdotas de los Borbones” de Carlos Fisas y “Los pícaros Borbones” de José María Solé.

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