Silueta alfredo original

Curiosidades y Anécdotas de la Historia

Alfredo Rodríguez Blázquez

EL INICIO DE LA LIDIA DE LOS TOROS

Hoy, el tema del que voy a escribir -el inicio de la lidia de los toros-, es un tema de candente actualidad y controversia. Cuando todo se politiza: la cultura, el ocio, el deporte, el cine, las fiestas o las tradiciones, el único  que siempre sale perdiendo es el ciudadano, la gente corriente. Pero, independientemente de lo que cada uno piense al respecto, recomendaría a todos los lectores de Tribuna Ávila, que leyesen por curiosidad como fueron los orígenes de las corridas de toros, donde nuestra ciudad tuvo algún protagonismo.

 

Antes de pasar a contarles esta historia, quisiera dejar claro para todos aquellos apasionados de la  fiesta y conocedores de toda su historia, que lo que van a leer a continuación es una reconstrucción parcial de un texto encontrado en unas hojas sueltas de una revista titulada la aventura de la historia, de la que no puedo precisar ni el número ni la fecha. Dicho esto, pido perdón de antemano si en la reconstrucción de dicho artículo (del cual no he podido tampoco extraer el nombre del autor) he podido cometer algún error de forma o histórico.

 

A partir del siglo X y a medida que surgían los nuevos burgos (ciudades), se popularizó algo que anteriormente se había conocido como correr los toros, y que no era otra cosa que  la lucha de algunos caballeros contra los toros llamados bravos. Toros cuya bravura que se fue forjando en los deshabitados terrenos fronterizos conquistados por los cristianos.

 

 Una de las más antiguas referencias a la inclusión de la lidia de toros en una fiesta pública se remonta al año 1080, y en ella nuestra ciudad, Ávila, es noticia por celebrar un festejo público relacionado con los toros. Así lo contaron:

 

“Según la Crónica de Ávila, en esta ciudad recién conquistada a los musulmanes, se celebró una corrida para festejar una boda: los nobles que allí eran, y otras gentes de a pie lidiaron seis toros bravos y esquivos, con gran solaz y folgura de los que tal oteaban por dicho coso”.

 

En el siglo XIII, ya son varias las menciones que indican el auge del toreo; de una ley del Fuero de Zamora se deduce que había allí una plaza o sitio destinado para esta diversión, que servía como ejercicio de destreza para los nobles. Del Fuero de Tudela se desprende que correr por las calles un toro ensogado era juego propio de festejos familiares; y en las Siete Partidas se prohíbe que los prelados lidien toros y se incluye dentro de la categoría de infames “a los que por precio lidian con toros, o bestias bravas”.

 

Esta referencia al “precio” hace pensar que ya entonces existía el torero que cobraba por enfrentarse al toro. Algo que se confirmó en el año 1377 cuando se supo, a través de un edicto, que el torero Domingo Lucero fue contratado por una cofradía de Zaragoza para lidiar un toro en la fiesta de San Juan, estipulándose un pago de 22 sueldos y un par de zapatos. Pero si el toro no quiere embestir se quedará en 5 sueldos –se especificaba  con claridad en el edicto-.

 

Pero no solo se lidiaban toros en territorio cristiano. Según el romancero morisco, correr toros y cañas eran fiestas de los galanes moros. El historiador Ibn al-Jatib, que fuera visir del reino nazarí de Granada en el siglo XIV, cuenta como las “vacas salvajes” era atacadas primero por fuertes perros alanos para restarles vitalidad (la misma función que hacen hoy los picadores) colgándose de las orejas de la res a la manera de pendientes, y luego eran lidiadas por el hombre, que solía montar a caballo y emplear el rejón. -Según Cossío, la primera mención al uso de perros de presa en fiestas taurinas aparece en la crónica de Alfonso VII el Emperador (siglo XII) al narrar las bodas de su hija bastarda-.

 

Los perros de presa fueron utilizados de vez en cuando hasta prácticamente el siglo XIX. La última constancia de esta costumbre aparece en un cartel de Sevilla en el año 1883: “Por orden de la autoridad quedan suprimidos los perros y en su lugar se pondrán banderillas de fuego”.

 

La fiesta de los toros simbolizó la virilidad caballeresca y se asoció siempre al erotismo, pues los galanes, ya cristianos o moriscos, se lucían ante las damas mediante la lidia. A la virilidad y el erotismo tendríamos que añadir el evidente simbolismo religioso de la fiesta, por cuanto las corridas se celebraban en determinadas festividades religiosas. Poco a poco fue configurándose como una concepción vital y festiva del pueblo que impregnó en todas las capas de la sociedad.

 

Pero también se alzaron voces críticas contras las corridas de toros por sus elevados gastos y las desgracias que ocasionaban. Consta en documentos de la época el horror que produjo en Isabel la Católica la visión de una corrida -se cree que en Medina del Campo- . Tanto sufrió viendo el festejo que nada más llegar a Palacio decidió prohibirlas. Para aplacar a la reina castellana, y evitar la prohibición de una fiesta ya tan popular, le sugirieron que ordenara envainar las astas para evitar muertes humanas y que se limitaran a seis los toros que se podrían correr a lo largo del año.

 

Algunos exaltados teólogos propusieron la suspensión de los toros, lo que fue asumido por el Papa Pio V, quien en una bula de 1567 los prohibió “bajo pena de excomunión”. Esta condena no agradó a Felipe II, quien compartía la afición de la mayoría de sus súbditos, y dejó claro que “quitado este regocijo de toros en España, se quita la más agradable fiesta del pueblo”.

 

En la España cristiana de entonces, en torno al templo de una ciudad, se construía una hospedería, un corral de comedias y una plaza de toros, al servicio de las romerías que atraían a numerosos devotos.

 

Con la llegada de la Ilustración, se estimó socialmente perniciosa la corrida de toros, que fue prohibida en 1754 por Fernando VI, cuando los toreros de a pie habían sustituido a los nobles y caballeros en la lidia. Pero dicha prohibición no afectó en realidad a los festejos, pues en 1760 consta la imposición de multas contra gran número de pueblos que siguieron celebrando sin autorización los festejos taurinos, lo que demuestra el escaso resultado que tuvo la prohibición y las multas y condenas impuestas.

 

Tan arraigada estaba la fiesta en la sociedad, que a partir del siglo XVIII se empezaron a construir las primeras plazas de toros permanentes: como la de Ronda (1784) y la Maestranza de Sevilla, terminada entrado ya el siglo XIX. Lo normal era, hasta entonces, efectuar la lidia en las plazas mayores de los pueblos y ciudades.

 

Y hasta aquí les puedo contar…

Comentarios

Javi "Islero" 02/09/2015 17:18 #1
Lo que yo les puedo contar es que no siempre pierde el ciudadano, la mayoría de las veces pierde el toro, salvo que sea indultado. Bueno este verano van perdiendo, a día de hoy, 12 ciudadanos, sus madres e hijos huerfanos.

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