Silueta alfredo original

Curiosidades y Anécdotas de la Historia

Alfredo Rodríguez Blázquez

EL BURDEL EN LA POSGUERRA

La mojigata España de Franco admitía las “casas de tolerancia” o de comercio carnal como las llamaban oficialmente. Lo consideraban un mal menor y una forma de proteger el matrimonio y a las mujeres decentes.


    Que un hombre casado fuese de putas de vez en cuando era socialmente aceptable. Se entendía que la esposa legítima no bastaba para satisfacerle sexualmente, dada la fogosa naturaleza del macho alfa español. Por otra parte, el marido debe respetar a la madre de sus hijos. No está bien que un casado practique ciertas licencias con su santa esposa, habiendo putas que tienen la obligación de aguantarlo todo, que para eso se las pagaba. Así era la mentalidad de la época. Muchos hombres no eran viciosos, simplemente el sexo conyugal no acababa de satisfacerles. Y es que, por un lado estaba la ostentosa imagen de Cristo crucificado encima de la cabecera de su cama y presumiblemente tomando buena nota en caso de que se desvirtúe el sagrado sacramento con prácticas concupiscentes. Luego estaba la cama, chirriante de somier, y la climatología helada del invierno en aquellas alcobas transitadas por corrientes de aire, y la abuela en la habitación de al lado… Súmese a ello que muchos matrimonios se veían obligados a compartir su dormitorio con los hijos pequeños. Es decir, todo eran trabas para ejercer la sexualidad con la santa esposa.


    El hambre llena los prostíbulos de mujeres desesperadas que no tienen otra salida. Eso o la sopa caritativa del Auxilio Social, que para unos días se soportaba, pero a la larga no. El sexo se convirtió en un cheque al portador para muchas viudas, esposas de presos y huérfanas desamparadas por los azares de la guerra. La oferta es mucha y variada, pero no todas las aspirantes sirven para el oficio.


    Según estadísticas oficiales, existían 1147 casas de tolerancia en 1940, y el total de prostitutas pasaban de veinte mil. A esa cifra habría que sumar otras tantas rameras clandestinas, las que se prostituyen ocasionalmente con uno o varios clientes fijos y discretos, y las de más baja estofa que ejercían su labor a salto de mata en los solares, descampados, ruinas, parques o incluso en la oscuridad de alguna sala cinematográfica.


    En los pisos donde la anfitriona recibía a los clientes en el salón, se tasaba el tiempo de ocupación en veinte minutos, especialmente sábados y festivos, los días de mayor afluencia; pero los días normales sabían condescender con los que necesitan unos minutillos suplementarios para rematar satisfactoriamente la faena, o con aquellos que necesitan más el desahogo del alma que el alivio del cuerpo, Y es que, en esos tiempos, salvando las excepciones, los maridos practicaban psicoterapia con las putas y las esposas con el cura confesor.


    Como muestra este texto extractado del libro de J. Eslava, los años del miedo, esos tiempos daban para mucho y más. Y conviene no olvidar nunca el pasado, porque si así se hace, el pasado siempre vuelve. Mejor conocerle a través de libros como el de Juan Eslava, y otros muchos,  que olvidarle.

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