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Fernando Rodríguez López
Blog de Fernando Rodríguez López.

En busca de la identidad perdida

Una buena noticia, para variar: cada semana que pasa conocemos mejor el tipo de crisis que tiene España. Al principio pensábamos que teníamos una “crisis heredada”: Estados Unidos había hecho las cosas muy mal y nosotros, gracias a la fortaleza de nuestras instituciones y de nuestros mercados, logramos capear el temporal (¿crisis? ¿qué crisis?) hasta que otros países vecinos, más débiles ellos, se contagiaron y entonces ya fue imposible resistir más. Luego vino la “crisis del ladrillo”: los grandes promotores inmobiliarios, y también los modestos pero avariciosos propietarios de viviendas, habían inflado tanto la burbuja de la especulación con la ayuda de la banca irresponsable (bueno, irresponsable porque queremos…) que finalmente estalló.
A continuación hemos vivido la “crisis de la Unión Europea”: a pesar de pertenecer a una comunidad de países en la que debería primar la solidaridad, Alemania no quería mutualizar la deuda pública con España (hay que ver qué egoísmo…) y el Banco Central Europeo se negaba a comprar deuda española (con lo poco que les costaría, ¡si les hemos dado la máquina de hacer billetes!), así que como resultado nuestra deuda crecía hasta niveles insostenibles.

Sin embargo, a pesar de la parte de razón que pueda haber en todas estas explicaciones, la idea que más me convence últimamente es que lo que le pasa a España es que sufre una grave “crisis de identidad”. De repente resulta que no sabemos lo que somos, y lo peor es que nadie se atreve a aventurar hipótesis. Sí se ha hecho sin embargo al revés, tratar de transmitir lo que no somos. Comenzó la ministra Elena Salgado, cuando decía en 2010 que España no es Grecia ni Irlanda. Siguió Mariano Rajoy, cuando le recordó a De Guindos que España no es Uganda, en aquel SMS tan poco elegante como lo fue la forma en la que nos enteramos los ciudadanos. En un plano más preocupante pero en la misma línea de descartar lo que no somos, hace unos días un coronel del ejército español declaró que España no es ni Yugoslavia ni Bélgica.

Y a todo esto, por cierto, miles de ciudadanos se manifiestan por la geografía española estos días pidiendo los servicios públicos de Noruega (aunque no tengamos su petróleo), la transparencia de Dinamarca (aunque no tengamos su civismo), la eficiencia de la administración pública de Alemania (aunque no tengamos su orientación casi genética a la eficiencia) y los impuestos de Suiza (aunque no tengamos sus cajas de caudales).

Todo un problema que además, como hemos visto, debe de ser contagioso, porque ahora Cataluña dice que no es España (es curioso que esto se produzca en el momento del naufragio de las cuentas públicas de la comunidad catalana, pero ésa es otra historia).

Puestos a ser constructivos: en vez de intentar descubrir lo que no es España, ¿no sería más práctico reflexionar acerca de lo que es y de lo que puede ser España en la actualidad? No en el siglo XVI, cuando no se ponía el sol. Tampoco en el siglo XIX, cuando América y Filipinas se independizaron de la metrópoli. Y tampoco a finales del siglo XX, cuando con el fin de sanar heridas y de facilitar la transición se fraguó el modelo de las autonomías sin atreverse a desmontar el del gobierno central ni el de las provincias.

No, más bien reflexionar acerca de qué es España y qué puede ser España hoy, en el siglo XXI, con sus capacidades y con sus limitaciones; en un mundo globalizado que compite en todos los frentes, en el que las ventajas acumuladas durante décadas no duran más que unos años en ningún sector; en un contexto que necesita buscar la eficiencia en el empleo de los fondos públicos; en una economía cambiante que se mueve por la iniciativa empresarial y en la que, por el momento, se prima la productividad y la innovación; en un entorno en el que, mal que nos pese, no disponemos de recursos suficientes para poder mantener tantas redes protectoras como hasta ahora. Insisto: ¿no sería más práctico? ¿No deberíamos, como miembros de la sociedad, impulsar este debate constructivo? Podríamos contar para ello con nuestros representantes políticos actuales, aunque en este punto sería más bien pesimista porque me cuesta creer que tanto unos como otros estén dispuestos a replantearse desde cero todas las alternativas (“cuesta mucho convencer a alguien de algo cuando su sueldo depende de que no se lo crea”), así que como desiderátum creo que sería más adecuado otro punto de partida (se admiten sugerencias).

En todo caso, el resultado merecería la pena. A lo mejor acabamos descubriendo que España es… España.

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