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Con la verdad por delante

Gabriel De la Mora
Blog de Gabriel de la Mora en Tribuna de Salamanca.

Por un pacto proconstituyente

En estos meses previos a las elecciones no me he cansado de explicitar la necesidad de un gran pacto social y político que hiciera frente a algunos de los problemas reales y sentidos del país, como el enorme déficit democrático, la corrupción, la desigualdad o la escasa protección de las libertades y los derechos fundamentales, en un mundo globalizado supeditado a los grandes intereses de la banca, las finanzas y en general la gran empresa.

Siendo necesaria la apertura de una reformulación constitucional, que incluyera la reorganización territorial y competencial de las estructuras políticas y administrativas del Estado español, teniendo en cuenta la experiencia de estas últimas décadas, nuestra historia y las aportaciones sobre esta cuestión que nos han ofrecido los países del sur, en su búsqueda por encajes constitucionales de respeto y comprensión entre los distintos pueblos, etnias y naciones que pueden llegar a convivir dentro de un Estado, en recíproca lealtad y solidaridad, desterrando los odios y enfrentamientos actuales, que contradictoriamente nos recuerdan cómo nos parecemos.

 

Sin embargo, a priori este pacto parece todavía complicado, habida cuenta de las aireadas reacciones que desde los distintos púlpitos se están realizando, ante el aguijón del resultado electoral que, entre otras cuestiones, amenaza al PSOE con la pérdida de la hegemonía por la izquierda; y con el relevo de Ciudadanos como actor principal de la nueva política, tras su afán de defender al PP para que siga gobernando, representando fielmente los intereses de la Troika y las grandes empresas; mira a quién sirves y verás cuán honrado serás.

 

Y es que la suma de las fuerzas del cambio, junto con los votos de la vieja IU, controlada ya sólo por el PCE, superaría en más de medio millón de votos a un PSOE desfondado; y como recordó Iglesias, su situación como primera fuerza en Cataluña y País Vasco, segunda en Madrid, Navarra, Valencia, Baleares o Galicia, les colocaría en posición de liderar la búsqueda del consenso necesario para la reforma territorial; siendo así explicable la respuesta intolerante y reaccionaria de la baronía socialista, que como animal herido vislumbra un escenario a medio plazo sin posibilidad de ascenso, bloqueado por la emergencia de Podemos.

 

Este sorpasso electoral se ha producido especialmente en las grandes ciudades, las naciones históricas y regiones más desarrolladas del país, frente a las Castillas y Extremaduras rurales, provincianas y centralistas del PP y del PSOE, que se habrían repartido los votos de los mayores de 45 años, el medio rural y las envejecidas ciudades del mírame y no me toques “virgencita que me quede como estoy”, representando la vieja España, que aún mantiene sus colores en el Senado.

 

El partido de Albert Rivera, por otro lado, ha perdido todo atisbo de credibilidad, al descolgarse de sus propias palabras de equidistancia y renovación frente al régimen, a pocos días de las elecciones y en un giro incomprensible de perdedor que se anuncia como tal, pero que a muchos no nos suena extraño, tras el apoyo incondicional al PP para aprobar los presupuestos  en Castilla y León. No obstante, la larga mano del Ibex, y sus ansias de seguir dirigiendo tras las bambalinas la política económica mediante un gobierno estable con puño de hierro, ha logrado dejar atrás las promesas electorales de regeneración política y nueva transición de los naranjas, consiguiendo que el mayor valedor de Rajoy y Sánchez sea el propio Rivera, donde dijo digo, digo Diego. Lo que me recuerda demasiado a lo sucedido en la bancada ciudadana en el Ayuntamiento, tras la campaña electoral de las municipales; está bien claro que por sus hechos los conoceréis.

 

El debate público está que arde y la intolerancia y el nerviosismo fanático se encuentran en niveles preocupantes, lo que desde luego no casa con lo que se espera de los políticos y la situación plural y multipardistista que la misma sociedad venía reclamando desde hace años.

 

Las palabras más pleclaras en este momento son las de Ada Colau, como de costumbre, que ha expresado mejor que nadie el único modo de afrontar esta realidad: “solo hay una receta: respeto y fraternidad”, la misma que se lleva años practicando en las calles y las plazas, “ahora también en las instituciones: defendiendo la vivienda, la sanidad y la educación -para todos- mientras otros aprobaban la ley del desahucio express y cambiaban la Constitución en una noche, recortando los derechos de todos y blindando privilegios -para algunos”; lamentándose porque “casi no podamos diferenciar entre unas declaraciones de Susana Díaz y las de Esperanza Aguirre”.

 

Sin duda la alcaldesa de Barcelona, y lo que el movimiento municipalista y de confluencia ha representado, le ha salvado el pellejo a Pablo Iglesias y Podemos, tanto como Alberto Garzón al PCE, forzando al montaje centralista de viejo manual de Podemos a entrar en alianzas  favorables a soluciones territoriales descentralizadas y compromiso firme por la constitucionalizacion de los derechos sociales, mejor democracia y reformas estructurales, antes que en la búsqueda de un gobierno socialdemócrata fiel ejecutor de la políticas de la Troika, aunque bien parezca por mero interés de jugar a la segunda vuelta electoral, sabiendo el bloqueo que el PP puede ejercer en el Senado ante cualquier intento de utilizar la vía legalista de la reforma agravada de la Constitución.

 

No obstante, los tiempos reclaman cambios políticos profundos, no lavados de cara pactados por las cúpulas partidarias de siempre, ni con el muleta Rivera de acompañamiento. Es también el momento de posicionarse, aunque sea en modo segunda vuelta, de concentración de los apoyos en opciones o proyectos amplios con pretensiones claras, sencillas y compartidas.

 

Las dirigencias de Podemos y “las fuerzas del cambio” han logrado marcar la agenda y el debate postelectoral, recogiendo propuestas de mínimos compartidas por amplias capas de la sociedades civiles de los distintos pueblos del país, anunciando aquellos temas que también representan la centralidad de la razón pública de nuestro tiempo, y que a nadie deberían dejar indiferentes, y por los que no solo cabría interesarse, sino pelear, a favor o en contra, pero pelear.

 

Aquellos que han permanecido alejados deberíamos comprometernos, una vez planteado en sus justos términos el pacto proconstituyente y las posibles alianzas para llevarlo a cabo; aunque sólo sea porque la esperanza está en el camino y no en la utópica llegada, pues no se debe caer en la frustración, si se tienen claros los límites. No obstante, siento el disgusto de aquellas compañeras que, ilusionadas, pensaron en grandes cambios por mor de una votación.

 

De verdad que me entristece y puedo comprender su desasosiego, para lo que les recuerdo, nuevamente, que “vamos despacio, porque vamos lejos”, y que no vale la pena preocuparse especialmente por los de arriba, no sea que nos entretengan demasiado despreocupándonos de nosotros mismos, los de abajo, sin los cuales nada se podrá remover; porque todo empieza en uno mismo, sus circunstancias y las de los que nos rodean.

 

Arrieros somos y en las calles nos encontraremos.

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