Morante original

Caminos que recordar

José Luis Morante

Ávila. Casco Histórico

 

Ávila en el umbral del verano. Cielo limpio, azul, sin nubes y un sol impulsivo que invita a buscar las sombras de las callejas de solemne fachada del centro histórico. Como otras veces, inicio el paseo desde los calmos soportales del Mercado Grande, centro de gravedad de la capital, al amparo del griterío infantil y de la prisa desasosegante del sustento diario; me adentro en el conocido laberinto del casco antiguo por la Puerta del Alcázar. Robusta y firme, la principal puerta de nuestra muralla deja ver sus dos torreones uncidos por un puente de altura que da continuidad a la primera línea de almenas, frente al rosetón de San Pedro. Es sabido que la estructura dentada se añadió en la restauración emprendida en 1907 por el arquitecto Repullés, con buen gusto y sin disonancias, imitando tal vez la serie de almenas de otras entradas como la Puerta de San Vicente.

Antes de presenciar la estimulante actividad comercial de la calle Reyes Católicos me gusta titubear entre dos itinerarios posibles en algún banco de la plaza ajardinada que da acceso a la muralla. O subir hacia la catedral por la estrecha callejuela de la Cruz Vieja que concluye en el palacio Valderrábanos y en la explanada de la catedral, o disfrutar del sosiego de la plaza del obispado, para bajar después hasta el Palacio de los Dávila; el edificio es el mejor ejemplo de arquitectura medieval de la ciudad; su zona más antigua está fechada en la baja edad media, en el siglo XIII, y aglutina elementos defensivos como las almenas y barbacanas y portón principal de arco románico, de medio punto. Desde allí el Paseo del Rastro, una de las señas de identidad del espacio urbano abulense, de la que ya he dejado constancia en este blog, demora el caminar de los sentidos, y opto por acercarme a las terrazas del Mercado Chico, la otra parada obligatoria del casco antiguo. Tras muchos meses de obra se ha concluido el espacio porticado y la mezcla de arcos, soportales y edificios antiguos, como la parroquia de San Juan, convive en armonía, tras una restauración exenta de cualquier polémica.

Hablar del casco antiguo es proseguir la ruta hacia la Puerta de la Santa y ver el conjunto teresiano de convento e iglesia, o deambular por el suave declive de la calle Vallespín, que cobija tantos recuerdos de la época estudiantil que todavía llenan de nostalgia, y salir hacia el puente del Adaja.

Son muchos los trayectos peatonales que ofrece el interior monumental, siempre abierto por sus nueve portones al exterior. Pasos para encontrar la huella de la historia de nuestra capital y para oír acaso las leves toses de un futuro mejor, que no esté como el ahora, extraviado en el pesimismo.

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