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Blog Paco Cañamero

Tribuna de Salamanca

Cataluña, un triste final

Durante el siglo XX se decía que quien quisiera conocer el estado real de un país no tenía más que darse una vuelta por las plazas de toros y, después de observar la reacción del público, encontraría el verdadero calco social y político, al ser la Tauromaquia el vivo reflejo de la Nación.

Sucedió a lo largo de la pasada centuria, y en lo que llevamos de la presente hay ejemplos muy claros reafirman la idea. Una muestra elocuente se produjo durante la convulsionada etapa de la II República, coincidente en el tiempo con la llamada Edad de Plata, que son los años comprendidos entre la muerte de Joselito €˜el Gallo€™ €“sucedida el 16 de mayo de 1920- y el inicio de la Guerra Civil €“el 18 de julio de 1936-. Entonces, a pesar de ser cuando mejor y más variado se toreó (con nombres grandiosos como Domingo Ortega, Manolo Bienvenida, Marcial Lalanda, Gitanillo de Triana, Félix Rodríguez, Chicuelo, Nicanor Villalta€Ś) y cuando se lidiaron los toros con más casta y bravura, en las plazas se sentaba un público crispado por la situación que atravesaba el país, dominado por el caos, que se veía plasmado en manifestaciones, huelgas...

Otro ejemplo claro llegó más tarde, al finalizar la Guerra Civil, cuando antes de iniciar el paseíllo las cuadrillas alzaban el brazo derecho, en un saludo romano, para cantar en €˜Cara al Sol€™. Una muestra más sucedió en la década de los 60, a raíz de la eclosión de Manuel Benítez €˜El Cordobés€™, que coincidió con la llegada del turismo, el 600 a plazos o el apogeo de Los Beatles, quienes cuando actuaron en España descendieron del avión en Barajas tocados por una montera, en una estampa cargada de mofa.

Estos días tampoco son ajenos a ese clima. Sobre todo cuando desde la Comunidad Autónoma catalana se fomenta el odio a España, a su Cultura y sus tradiciones, lo que ha derivado un esnobismo de mostrarse en contra de las corridas. Ello ha contribuido, en gran medida a que la Fiesta esté inmersa en el mayor azote que ha sufrido en el último siglo. Tal crisis puede compararse a los comienzos del siglo XX, cuando el público da de lado a la Tauromaquia y la propia intelectualidad le da la espalda, sin olvidar que destacadas personalidades de entonces hacen notar su desdén. Sobre todo Miguel de Unamuno (rector a su vez de la Universidad de Salamanca, situada en la zona ganadera más importante de España y a cuyas familias de mayor abolengo bautiza como la €˜cuernocracia€™) y el escritor Eugenio Noel.

Sin embargo, por esos días, surge una pareja de novilleros sevillanos llamados Joselito €˜El Gallo' y Juan Belmonte, que causan furor. Entonces, cuando parecía que la Fiesta se tambaleada, ellos se convierten en el imán que atrae de nuevo a los públicos a las plazas. A partir de entonces, la afición vive con pasión todo lo relacionado con el toreo y crea dos bandos irreconciliables, los gallistas y los belmontistas, quienes defienden cada uno, apasionadamente, a su ídolo y logran que el fenómeno taurino renazca de sus cenizas, se construyan nuevos cosos y hasta la intelectualidad se haga partidaria de ese arte y presuma de ello, como son los casos de Valle Inclán, Zuloaga, Pérez de Ayala, Julio Camba€Ś

A la par, celebridades extranjeras se acercan a las plazas, como Ernest Hemingway, quien años más tarde, en 1954 alcanzaría el Premio Nobel. El afamado escritor conoce la Fiesta allá por los años 20 y se hace gran amigo de Joselito €˜El Gallo€™; años más tarde tendría especial afinidad por Antonio Ordóñez.

Hoy, cuando la primera década del siglo XXI está tan avanzada, la llegada de unos nuevos Joselito y Belmonte sería impensable. Lo más cercano a ellos podría ser el fenómeno que envuelve a José Tomás, especialmente tras su reaparición en Barcelona, en la tarde del 17 de junio de 2007. En esos momentos, Barcelona estaba ya, taurinamente hablando, herida de muerte y con la soga de la desaparición sobre su cuello (durante los meses anteriores, el político republicano Jordi Portabella, teniente de alcalde del Ayuntamiento de Barcelona había manifestado su interés en convertir La Monumental en la sede de Els Encants).

Sin embargo, la reaparición de José Tomás abrió muchos ojos entre la población barcelonesa, especialmente gracias a él el fenómeno económico vivido ese fin de semana en la Ciudad Condal, con los hoteles llenos de aficionados venidos de todo el mundo, los restaurantes sin una mesa libre y los taxis bajando continuamente la bandera para llevar a gentes que querían conocer una capital a la que se habían desplazado para disfrutar del acontecimiento taurino más importante de la época.

Era el resurgir taurino de Barcelona, el mismo que se volvió a repetir cada vez que, José Tomás fue contratado por los nuevos empresarios, la familia Matilla, que entonces también era noticia porque desde la temporada 2007 había arrendado la plaza al clan Balañá (para quienes, con anterioridad, habían trabajado durante tres generaciones). Posteriormente, cuando José Tomás volvió a pisar la arena de sus grandes éxitos, la expectación fue desbordante e, incluso, su toreo estuvo a la altura casi siempre, como el día de La Merced de 2008 cuando indultó al toro €˜Idílico€™, de Núñez del Cuvillo en tarde de grandes emociones. O el pasado 5 de julio cuando se encerró en solitario con seis toros y Barcelona volvió a registrar el €˜no hay billetes€™ más allá de la plaza de toros: en los hoteles, restaurantes, compañías aéreas, AVE€Ś

Sin embargo, el reflejo grandioso e inolvidable de las tardes de José Tomás vivía el contraste de la triste realidad cuando se acartelaban otros toreros que, aunque fueran figuras (casos de Ponce, El Juli, Morante€Ś), no llenaban, ni de largo, media plaza. Esa era una realidad; la otra, una evidencia lógica: José Tomás no podía torear todos los domingos en Barcelona. Porque los tiempos han cambiado. Las temporadas no son ya como la de 1964, por ejemplo, cuando el coso barcelonés vivía su auge y, una primera figura de esos días, como era Santiago Martín €˜El Viti€™, toreó nada menos que 21 tardes, que no fueron más porque el diestro salmantino sufrió una grave cornada en ese mismo albero que lo tuvo más de un mes apartado de los ruedos, teniendo que suspender tres contratos más que tenía rubricados con los empresarios de La Monumental.

A pesar de la excepción de José Tomás, la agonía taurina de Barcelona comenzó hace 20 años, cuando en la programación faltaron ideas, no se fomentó la Fiesta ni se facilitaron precios para los más jóvenes y únicamente la empresa buscaba hacer caja, sin olvidar que en su contra pesaba que, generalmente, se lidiaba un toro escaso de trapío y en muchas ocasiones, con las defensas manipuladas. Aun así, la decadencia taurina tardó en llegar, sobre todo porque quedaba un rescoldo importante de aficionados (a los catalanes entonces se sumaban los emigrantes andaluces, extremeños y castellanos), que eran fieles y nunca faltaban en la programación de carteles de figuras; pero lentamente ese rescoldo comenzó a apagarse poco a poco, extinción a la que están contribuyendo los políticos nacionalistas.

Todo sumado con un montón de falacias, como que la Fiesta es franquista (cuando mucho antes de Franco, Barcelona, llegó a tener tres plazas en activo) o que también es herencia del dictador ferrolano que se anuncie como €˜Nacional€™, cuando ya a final del siglo XIX se anunciaba de esa forma en los carteles. Y se olvidan también que en la vecina Catalonia, la Cataluña francesa, en plazas como Ceret, el arte del toreo se vive como el gran acontecimiento de sus fiestas, con un público entendido y exigente, muchos ellos descendientes de republicanos españoles que se asentaron allí tras la Guerra Civil. Y en Ceret no hay banderas, porque esa tierra pirenaica se considera catalana, ni española ni francesa y el único himno que se canta es Els Segadors.

Hoy, cuando se presenta tan oscuro el futuro taurino de Cataluña, para la historia queda el esplendor vivido por esa tierra, especialmente, de manos de Pedro Balañá Espinós, quien fue el empresario que dio el verdadero impulso a la Tauromaquia en Barcelona y parte de Cataluña, junto a Palma de Mallorca, tras la compra del Coliseum Balear a la familia March. Se da la circunstancia que Pedro Balañá Espinós (padre del actual Pedro Balañá), quien se adentró en el mundo de los toros desde los negocios de ocio, en su juventud había sido militante con Ezquerra Republicana de Catalunya (ERC), el partido del que fuera presidente de la Generalitat, Lluis Companys (quien a su vez era un magnífico aficionado), y el mismo que hoy se ha alzado como principal corriente para erradicar los toros en Cataluña tras fomentar una Iniciativa Legislativa Popular (ILP).

De la mano de Balañá Espinós, Barcelona vivió un auge espectacular condensando en distintas épocas, hasta su muerte ocurrida en 1965. La primera fue la denominada €˜Barcelona de Manolete€™, coincidiendo con los años en que el mito cordobés fue un ídolo en esa ciudad en la que pasaba grandes temporadas, residiendo siempre en el hotel Oriente, de La Rambla. Fue una época en la que las plazas de Barcelona vibraron con el poderío y la raza de Carlos Arruza, la inspiración de Pepe Luis Vázquez, el arte de Pepín Martín Vázquez o el capote de oro de Manolo Escudero. O más tarde, con la llegada del poderoso Luis Miguel Dominguín y de un artista tan completo como Antonio Ordóñez, quienes formaron una pareja artística de leyenda, cuñados en la vida misma y rivales en los ruedos, y quienes en Barcelona escribieron un destacado capítulo de sus vidas toreras.

Entonces, La Monumental de la calle La Marina, cuando abría sus puertas colocaba de manera habitual el cartel de €˜no hay billetes€™, con sus tendidos repletos de un público, en su totalidad catalán (aún no había comenzado la masiva emigración de andaluces, extremeños y castellanos), entendido, sensible y admirador de ese arte. Ese mismo público que, en esa época, vio nacer a un artista tan completo y elegante como Mario Cabré, capotero de lujo y con una fama más allá de los ruedos por su tormentosa relación con la actriz Ava Gardner.

Y el mismo público que, con posterioridad, nunca se cansó de aplaudir a Joaquín Bernado, el denominado mejor torero catalán de todos los tiempos, medalla de Oro de Barcelona -impuesta por Pascual Maragall (PSC), entonces alcalde Barcelona en un acto en el que manifestó €œLos que niegan la tradición taurina de Barcelona y Catalunya, desconocen su historia€-, y actualmente profesor de la Escuela Taurina de Madrid. Sin duda, uno de los más defenspres más activos de la Fiesta en ese territorio cuyo Parlamento discute ahora su continuidad.

Bien cierto es que Barcelona en los últimos 20 años ha estado sumida en una desidia taurina, donde a la propia familia Baláña le faltó el ímpetu y el torrente de ideas del viejo patriarca y, sin esfuerzo alguno, programaban carteles de escaso tirón, lo que unido al alto precio de las entradas, comenzó a provocar lentamente la deserción de los aficionados. Aún así, en la pasada década de los 70, el brillo seguía, sobre todo en las tardes que se acartelaban nombres señeros como 'El Viti' o Paco Camino. Éste último vivió además en sus propias carnes la desgracia de peder a su hermano Joaquín, su peón de confianza, en esa plaza a raíz de sufrir una gravísima cornada por las astas del toro €˜Curioso€™, de Atanasio Fernández, el 3 de julio de 1973 (justo trece meses más tarde, la tragedia abrazó de nuevo a esa plaza con la muerte del torero portugués José Falcón, que no superó las heridas inferidas por el astado €˜Cuchareto€™, de Hoyo de la Gitana en la tarde del 11 de agosto de 1974).

Hoy, con la suerte echada, la afición mira con desolación como la Fiesta sufre otro nuevo hachazo por culpa de los propios taurinos y de la clase política separatista catalana, empeñada en echar un pulso para ver cuál odia más a España. Mientras que otros dejan entrever su ambigĂźedad, como el actual presidente de la Generalitat, José Montilla, quien hasta hace poco meses era habitual en las plazas, especialmente en La Monumental de Barcelona y en Las Ventas de Madrid. Sin embargo, desde el último año, ha desaparecido completamente, seguramente para no molestar a sus socios de travesía política.

Por ello, a pesar de estar tan inmersos en el siglo XXI, el viejo dicho de que los espectáculos taurinos son el mejor reflejo de la sociedad española, recobra nuevamente su protagonismo. Porque en ellos está el verdadero calco social y político de este país al que quieren desvencijar, como prácticamente han desvencijado a la Fiesta Nacional en Cataluña.

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