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Blog Miguel Refoyo

Tribuna de Salamanca

El renacimiento variable de los mutantes

El resurgimiento de una saga como €˜X-Men€™, que acumulaba ya tres entregas y la disección individual de uno de sus personajes más conocidos, Lobezno, necesitaba una rehabilitación mitología debido a una anémica finalización y un agotamiento más que evidente dentro de los parámetros de las adaptaciones del cómic de la Marvel.

Lo bueno de su condición de saga colectiva es que pervive en ella una amplia multiplicidad gracias a las transformaciones sufridas a lo largo de los años, que abre la puerta a las variaciones polisémicas dentro de un mundo poblado por seres mutantes con conflictos dramáticos más o menos comunes. Pretender abarcar toda la historia de los €˜X-Men€™ se antoja imposible, por lo que aquí se ha optado seguir el patrón de otros modelos superheroicos y replantear su estrategia comercial una vez agotado el prototipo para reformular la orientación de la franquicia.

 

En €˜X-Men: Primera generación€™, Matthew Vaughn toma la batuta tras Brian Singer y Brett Ratner, abandonando la frialdad del primero y el descalabro del segundo, para iniciar un parabólico y libérrimo tributo con una adaptación que se sitúa en la línea mágica y brillante de los guiones de Cleremont, Byrne, Davis o Morrison. Ha llegado un un momento en que el cine de superhéroes se ha tiranizado a la reiteración, al abuso del €˜blockbusters€™ que adecua cómics manufacturados con una facilidad vehemente. €˜X-Men: Primera generación€™ podría equipararse al efecto que €˜Casino Royale€™ propició a otra franquicia agotada como la de James Bond. Por eso, Vaughn, junto a su elenco de guionistas formado por Ashley Miller, Zack Stentz, Jane Goldman, lo que pretenden es deconstruir lo ya narrado, desde su génesis, haciendo de esta nueva entrega una precuela y mosaico de referencias al cómic, sin traicionar sus estilemas hasta liberarse hacia un producto deliciosamente subversivo. Se nota el apego que siente Vaughn por el material que tiene entre manos y desarrolla su función en consecuencia, con la habitual elegancia y cognición del medio más populista del cine. El realizador de €˜Kick-ass€™ es un buen conocedor de los entresijos de lo comercial, pero sin desprender el interés de un guión calculado con la pirotecnia de efectos digitalizados puestos al servicio de la historia.

 

Por eso mismo,  el tono existencialista queda diluido en un aspecto formal más lúdico, que juega a comedir los excesos ya que se trata de una época pasada, más cauta en cuanto a demonizar la historia a los nuevos desafíos digitales. Pese a su larga duración y sin ser la película definitiva de superhéroes y a que su franqueza prosaica se sujete a las progresiones emocionales de los personajes, la acción prolifera no sólo como parte individualizada de enfrentamientos o luchas, sino que extiende su interés a una ágil concesión al €˜thriller€™ que roza el cine de espionaje salpicado de humor, con una dinámica que activa los dispositivos necesarios.

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