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Blog de Conrad Kent

Tribuna de Salamanca

Marching the French prisoners into Salamanca after the Battle of 1812 (La marcha de los prisioneros hacia Salamanca después de la batalla de 1812)

London: Edward Orme, 1-III-1813Dibujo: Wilmot Grabado: J[ohn]. H[eaviside]. Clark & M[atthew]. DubourgCobre; aguatinta y aguafuerte, talla dulce. Iluminación de época 500 x 673 mm National Army Museum

La batalla de Los Arapiles provocó festejos palaciegos en Inglaterra, y Salamanca se convirtió en pretexto para confeccionar imágenes exaltadoras de la jerarquía social de la nación y del pundonor la nobleza británica. Tantas veces ridiculizada por los caricaturistas, la Casa Real tiene ahora un recurso para sintonizar, aunque a discreta distancia, con la voz popular. Durante un breve periodo, la guerra brutal se refina en amplias vistas repletas de solemnidad y guiños patrióticos populares.

La idea que querían proyectar los responsables de la monarquía británica se manifiesta en una imagen solemne de la marcha de los prisioneros franceses hacia Salamanca: Marching the French prisoners into Salamanca after the Battle of 1812 (La marcha de los prisioneros hacia Salamanca después de la batalla de 1812). Al representar la consecuencia de la batalla, en vez de su brutalidad, los artistas devuelven un aura de apacibilidad al paisaje y a la ciudad. Con suaves tonalidades al aguatinta, recomponen el orden milenario del mundo. Salamanca se convierte así en símbolo de la restauración de la paz y la armonía bajo el dominio de los magnánimos ingleses: el peligro de los franceses revolucionarios ha sido erradicado.

El 1 de marzo de 1813 se publica una lámina monumental grabada por John Heaviside Clark y Matthew Dubourg, basada en una obra del capitán Wilmot (Royal Horse Artillery) y adornada con el escudo real británico. Patrocinado por el rey y dedicado al duque de York, el amplio grabado, de carácter paisajista, pone serenamente de manifiesto la dignidad de Gran Bretaña. El cielo abierto y alegre, el Zurguén en primer plano, la arboleda del Tormes, el Puente Romano y, sobre todo la ciudad forman un conjunto equilibrado de elementos paisajistas, en la tradición señorial inglesa. Para la monarquía y la nobleza, Salamanca debe aparecer como paisaje majestuoso. Y el grabado, con una clara definición topográfica que incluso detalla la iglesia del Arrabal delante del Puente Romano, las murallas romanas, y el Convento de San Andrés en el extremo derecha, proyecta la idea de bienestar, sosiego y tranquilidad.

Para cumplir el encargo real, Wilmot, Clark y Dubourg, utilizan elementos de la batalla que no ofenden a un público selecto. La victoria británica no se refleja en la gloria militar del campo de batalla, sino en un desfile de prisioneros franceses derrotados. Salamanca se alza en todo su esplendor panorámico como telón de fondo para la multitud de pequeñas figuras que se dirigen a ella. Marchando en pausada composición curvilínea, los minúsculos prisioneros aparecen de espaldas. No hace falta vigilarlos, y unos cuantos británicos bastan para controlarlos. Aunque sólo cuentan con quince bayonetas, los soldados ingleses parecen pasearse tranquilamente, charlando entre sí y sin prestar demasiada atención a los vencidos.

También el paisaje recobra la imperturbabilidad pastoril de los grabados de Salamanca anteriores a la batalla. En suave ritmo, las filas de tropas francesas se disuelven en la pradera del Zurguén, en su marcha hacia el Puente Romano, como apoteosis de las convenciones paisajistas anglosajonas que unen la adusta ciudad antigua con el sosiego de la ribera. En contraste con los grabados que incitaban al público británico a la guerra, éste pretende asegurarle al espectador la nueva estabilidad del mundo bajo el control británico. Los prisioneros franceses aparecen tan sumisos como las ovejas de una campiña pastoril.

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