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Blog de @clapformarta

Tribuna de Salamanca

Sí, quiero

Hay algo en las bodas que me atrae irremediablemente, quizá sea un trauma que arrastro desde pequeña porque mi madre siempre me disfrazaba de pollo o de oso, que eran disfraces muy abrigaítos para el clima charro y no de princesa que era el sueño de mi vida, pero los años me han convencido de que me tira más la barra libre que el atuendo. Al contrario que todo el mundo a mí me gustan esas bodas en las que no conoces a nadie porque no te ves obligada a dar conversación y si la cosa se pone fea te escabulles sin que nadie te eche en falta. Nada me gustaría tanto como sentarme a la puerta con mi labor a comentar la jugada con la vecina de turno pero muy a mi pesar cuando vas a una boda te tienes que implicar y cumplir unos mínimos. Así que os voy a dar unos consejitos.
La ceremonia es un buen momento para pensar, pensar en la lista de la compra, en si habré dejado cerrado el coche, en el fin de semana que viene… En tus cosas vaya. Aunque debes estar muy muy atenta al final, cuando el cura, que casualmente siempre es amigo de la familia, echa un sermón (breve, en el más optimista de los casos) recordando escenas de la infancia de los tortolitos. Esa parte es la que te va a preguntar la madre de la novia que identificarás porque es la que lleva el tocado con la pluma más grande. No pierdas la oportunidad de comentar lo emocionante que ha sido todo y te darán más cerveza en el cóctel.

El aperitivo es la joya de la corona porque es el momento en el que tienes plena libertad para moverte, criticar los vestidos de las que vienen de fuera (bueno eso es costumbre en Salamanca, a lo mejor en otros sitios no existe esa tradición) beber lo que quieras, pisar juanetes para hacerte con una croqueta y guiñarle el ojo al cortador de jamón para que te dé unas buenas raspas. Lo único que nunca debes hacer bajo ningún concepto es tirar la servilleta de papel que pillas al principio, ese burruño te salvará la vida cuando entre en escena la gamba gabardina, que digo yo, señores cocineros, que lo de la colita sin pelar es solo mala hostia, que no creo yo que haya que devolverle los cascos al pescadero…

A la hora de sentarse a la mesa la estrategia es ponerte siempre detrás del centro de flores y cerca de la puerta del baño, porque nunca sabes en que momento de la cena vas a tener que echar mano de una socorrida cistitis, si cuando se empieza a hablar de política o cuando comienza la competición de “Atrapa a un superdotado” o de cómo mi hija con 2 años y medio ya le borda las camisas a su padre y de cómo Guardiola recoge todos los sábados a mi hijo de 5 años para ir a jugar al fútbol. Otras opciones recomendables son beber mucho más rápido hasta que llegue un momento que ya no distingas al novio de un camarero o tener siempre comida en la boca de manera que no tengas necesidad de abrirla, pero has de saber que estas dos últimas opciones, al día siguiente, te pasarán factura con IVA en forma de resaca o zurreta.

Se me acaba la hoja como dice mi amigo Monaguillo y todavía me queda el baile que es lo más jugoso, así que este apartado lo voy a dejar para la semana que viene. Sé que estáis pensando que hay otro tipo de bodas, que por ejemplo la vuestra no fue así porque distéis unas zapatillas de esparto, pero como dice Mariano “El silencioso” a eso que no lo llamen matrimonio que lo llamen de otra manera.

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