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Blog César Brito González

Tribuna de Salamanca

Manos frías, corazón caliente

Hace poco me sorprendí gratamente al comprobar que, en Twitter, la etiqueta #nosgustasalamanca corría como la pólvora. Decenas de mensajes de un montón de gente desgranaban los pequeños placeres que depara esta ciudad, las razones por las que salmantinos y foráneos la perciben como algo especial. Mis motivos para que la ciudad me enamore son tantos que me parece de mala educación limitarlo a los 140 caracteres de la citada red social. Hoy les hablaré de alguno de ellos, aunque prometo volver sobre el tema con asiduidad.

Para un canario, el frío debería ser motivo suficiente para contentarse con ver Salamanca únicamente por la tele o en fotos. Mis dos primeros años aquí fueron climatológicamente intensos, no especialmente gélidos, pero toda una experiencia para un corazón casi caribeño. En mi vida había purgado un radiador, nunca había visto una fuente helada o la nieve a la puerta de la calle hasta que estuve aquí. Ese par de años sirvieron para habituarme a las bajas temperaturas, aprender los secretos de la vestimenta €“ que tiene su cosa, no crean - y, después de un tiempo, comprobar que en esta ciudad se viven las estaciones, que se nota el marchitar de los 365 días. Algo impensable en mi ciudad de origen, tan cerca del continente africano, donde disfrutamos de una anodina y perenne primavera-verano: húmeda, pegajosa y soleada. Bien para un ratito, pero agobiante para toda una vida.

Por extraño que parezca, ya no puedo entender la mía sin pasar frío de verdad, al menos durante un par de meses. El invierno es mi estación favorita, sin duda. Me gusta que los restos de las heladas de madrugada me abofeteen a primera hora, cuando salgo del portal de casa. Me maravilla caminar por la C/ Compañía sumergida en la niebla, sobre todo si es de noche, y dudo que haya estampa más hermosa que la de la Plaza de Anaya, con sus árboles moteados de algodonosos montones de nieve en Enero. La monotonía, hecha de Atlántico y alisios, en la que me crié se rebelaba al principio, pero ahora me encanta cuando se me congelan las entrañas. Soy así de raro, qué le voy a hacer.

Hay dos imágenes, asociadas a sus respectivos aromas, sin los que no podría entender el invierno salmantino al que soy tan aficionado. Por un lado está la de las turroneras de los soportales, junto a la Plaza del Mercado. El colorido y la variedad de sus productos, su inquebrantable sonrisa y la amabilidad con la que ofrecen alguna muestra de degustación otorgan, con todo el significado de la palabra, otro sabor a la Navidad. Desmiente, además, algún mito que otro sobre la hosquedad del carácter castellano, mito del que me encargaré en su momento, junto a alguno más. No importan las inclemencias del tiempo, si hay tránsito o no. Ellas siempre están allí y, sinceramente, ese turrón nunca me sabrá igual que el del supermercado.

Como tampoco me podrán saber igual las castañas asadas al calor del carbón, vendidas a pie de calle en cucuruchos de papel de periódico. El aroma que recorre el centro, cuando los puestos de castañas asadas están abiertos, la agradable sensación de calor al sostenerlas en las manos, es reclamo y motivo suficiente para darse el gusto. Poco me importan las colas que se forman a veces, o los agridulces y dolorosos recuerdos que me trae ese perfume en particular. De eso está hecho también el invierno charro. Y espero que la venta de castañas asadas en la calle sea una tradición que no se pierda nunca, porque esto no sería igual, si no.

Si quieren arrancarme una sonrisa al encontrarse conmigo en algún rincón, permítanme que compartamos unas castañas calentitas. Con eso y un buen rato de charla interesante me habrán hecho feliz. Ya ven. Tienen ustedes aquí a un primo lejano, criado entre arena, pescado fresco, salitre y €œpapas€ con mojo que, sin embargo, es adicto a los rigores invernales, al hielo, la nieve y el frío cortante en la cara. No sé si es porque los opuestos se atraen, o porque estoy tan €œcharrizado€ que prefiero conservarme al aire de la Sierra, como los jamones, en lugar de rebozarme en la playa como una croqueta.

pasaportecharro@gmail

Twitter: @CesarBritoGlez

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