Blog autor

Blog Ana Belén Martín

Tribuna de Salamanca

Algunas reflexiones...

Dejamos esta semana a un lado lo relativo a nuestras habilidades sociales para retomar MI TEMA, es decir, para hablar sobre las personas con discapacidad y acercaros un poco más su realidad cotidiana, tomando como punto de partida la etapa educativa pero tratando, sobre todo, los aspectos más complejos con los que en no pocas ocasiones convive la discapacidad.

Los avances de nuestra sociedad han permitido la creación de la llamada inclusión educativa, de manera que los niños y niñas que padecen algún tipo de discapacidad tienen acceso al itinerario escolar, supuestamente con las “adaptaciones correspondientes”, pero en mayor igualdad de condiciones con respecto al resto de sus compañeros.

Sin embargo, cuando idearon la LISMI y se crearon los conceptos de integración e inclusión educativa, olvidaron tener en cuenta algunos aspectos que se producen de un modo específico en los niños con discapacidad, sobre todo, con discapacidad intelectual y para los cuales hay una falta de preparación y formación cuyo vacío debe intentar cubrirse.

Estoy refiriéndome a la presencia de comportamientos típicos de ciertos tipos de discapacidad, otros condicionados por fenotipos conductuales y otros por la falta de adaptación de los entornos a las características de estas personas. Todo ello conlleva la aparición de problemas de conducta que, incluso, pueden derivar en el llamado trastorno de alteración de la conducta y ante los cuales muchos padres y profesionales de la educación no tienen herramientas para actuar.

Igualmente, cuando estos niños van creciendo, en muchas ocasiones acceden a centros ocupacionales o centros de día y quizá, si todo se desarrolla según lo deseable, a centros especiales de empleo o, incluso, empleos con apoyo en la empresa ordinaria. Pero sucede que, en muchos casos, ese posible avance se ve truncado por las alteraciones de conducta que presentan y, aunque en los centros cuentan con profesionales especializados en el tema, también es cierto que, en la mayoría de las ocasiones, esos profesionales no llegan a la realidad del hogar y, por lo tanto, no existe intervención específica para este entorno y, mucho menos, se tienen en cuenta las especificidades del hogar familiar para planificar una intervención efectiva.

No se suele tratar de una falta de empeño en su trabajo, sino más bien de la imposibilidad de acceder al hogar, entre otras causas, debido a la cantidad de tareas que ya desempeñan en sus centros de trabajo y por la falta de tiempo, de protocolos e, incluso de autorización, para acudir a las casas de sus usuarios y llevar a cabo una correcta evaluación que permita el posterior diseño de un plan de intervención.

Habitualmente, por lo que he podido observar a lo largo de mi trayectoria profesional en centros de estas características y por las vivencias compartidas con otros profesionales del sector, las intervenciones que se desarrollan con la familia son un complemento de aquellas que se llevan a cabo en el centro y, cuando estos planes se diseñan para situaciones que ocurren fuera del centro, suelen carecer de mucha información sobre las dinámicas del hogar o las rutinas familiares que pueden interferir o que pueden ocasionar la aparición de estos problemas de conducta.

Igualmente, hemos de tener en cuenta que, en no pocas ocasiones, la intervención debe tener entre sus objetivos a la propia familia, algo que trasciende más a menudo de lo deseable de las funciones profesionales de los psicólogos y educadores que trabajan en los centros de atención a población con discapacidad.

A todo ello podemos sumarle la mayor información y el más amplio conocimiento que vamos adquiriendo sobre la realidad de la salud mental en las personas con discapacidad, fundamentalmente, con discapacidad intelectual por ser aquella en la que quizá más especificidad existe en la conducta. Se calcula que aproximadamente un tercio de las personas con discapacidad intelectual (niños y adultos) presenta trastornos mentales, lo cual se traduce a que, en España, aproximadamente 82.000 de estas personas también presentan problemas de salud mental o alteraciones de la conducta.

Y lo que es más, según diversas investigaciones, los síntomas psicopatológicos son cuatro o cinco veces más frecuentes en esta población e, incluso, en los trastornos más graves, llega a ser de siete veces más. Sin embargo, la cobertura actual de servicios no alcanza el 5% de esta población.

FEAPS (Confederación Española de Organizaciones a favor de las Personas con Discapacidad Intelectual), a través de su Declaración Sobre las Necesidades de Apoyo a las Personas con Presencia Conjunta de Discapacidad Intelectual y Trastornos de la Salud Mental (entre los que se incluyen las alteraciones conductuales), afirma que “los trastornos de la salud mental o las alteraciones significativas en la conducta son algo que afecta potencialmente a todas las personas, tengan o no discapacidad intelectual.

En el caso de las personas con discapacidad intelectual, existe mayor vulnerabilidad a estas circunstancias, manifestándose de forma evidente, en algún momento de la vida, en al menos una de cada tres. En ocasiones, la situación es crítica, con riesgo grave incluso para la vida, y la capacidad de la sociedad para dar una respuesta efectiva y digna es casi nula. Durante demasiado tiempo estas personas han estado sometidas a situaciones de discriminación derivadas de la ignorancia para prestarles el apoyo adecuado. Es hora de asegurar sus derechos respecto a la atención, apoyo y tratamiento que requieren”.

Y continúan diciendo que “Las familias de estas personas tienen generalmente y de forma sostenida en el tiempo una situación de gran estrés en relación con la prestación de los apoyos que requieren, originándose también una altísima probabilidad de que disminuyan significativamente sus capacidades y oportunidades para asegurar y mejorar la calidad de vida familiar. Además, los recursos que en ocasiones se ofrecen suponen un alejamiento del hogar de la persona, con el consiguiente impacto negativo en la dinámica familiar. Los profesionales que ofrecen apoyo a estas personas, especialmente los de atención directa, tienen mayores probabilidades de sentirse abrumados ante las dificultades que su tarea tiene y ante las dificultades para su formación, produciéndose, en consecuencia, la sensación de falta de efectividad en su trabajo, lo que genera condiciones de desmotivación e indefensión, pudiendo derivarse de ello una percepción de disminución en su calidad de vida laboral”.

Por último, en dicha declaración de FEAPS también se afirma que “los problemas de conducta son el principal motivo de consulta médica y a la vez la principal causa de tratamiento psicofarmacológico incorrecto. Es de fundamental importancia distinguir los trastornos mentales de los trastornos de conducta y proveer el tratamiento adecuado para cada uno de ellos. El mayor conocimiento de este tema, la mejor formación de los profesionales, el conocimiento de las nuevas herramientas y sistemas de evaluación y la creación de equipos y servicios comunitarios especializados son claves para la atención de las personas con discapacidad intelectual y trastornos mentales y/o trastornos de conducta asociados”.

Tras lo dicho, sólo me queda esperar que haya muchos lectores concienciados con el tema que “reflexionen sobre mis reflexiones” para así, entre todos, podamos empezar a cambiar las cosas, cada uno en nuestro contexto o dentro de nuestras posibilidades.

Comentarios

Deja tu comentario

Si lo deseas puedes dejar un comentario: