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Blog Ana Belén Martín

Tribuna de Salamanca

Ahora empieza el año nuevo

Sé que llevamos ya más de una semana del nuevo 2012, pero, si nos paramos a pensar, en realidad, hasta que no pasan los mágicos Reyes de Oriente, los peques vuelven al cole y la normalidad regresa a las calles, parece que no somos del todo conscientes de que comienza una nueva andadura de doce meses.
Y entonces ¿nos acordamos de los estupendos propósitos que hicimos por Año Nuevo? o ¿como ya han pasado unos días desde el momento de las buenas intenciones nuestra memoria se ha vuelto selectiva y las ha mandado al cajón del olvido? Sea como fuere, la mayoría de ellos se quedarán en eso, buenas intenciones, sin llegar a convertirse jamás en una realidad o, al menos, no por este año.

Normalmente, ni nos paramos a pensar en el por qué de este curioso olvido permanente pero, en ocasiones, sí que lo hacemos; así que me ha parecido interesante “filosofar” acerca de lo que nos lleva a plantearnos los propósitos así como sobre aquello que parece que nos empuja a no cumplirlos.

Parece que una fecha tan señalada es como un punto y aparte en nuestra vida que ofrece en bandeja de plata la posibilidad de comenzar nuevas aventuras. Realmente, es un día más y una noche más que pasa en el calendario pero el efecto psicológico es comparable al efecto placebo de una pastilla de azúcar si no sabes qué es lo que estás tomando, claro está.

Y como estamos imbuidos del espíritu navideño, tan cándido, tan voluntarioso, tan tierno,… que parece que también está tan lleno de nuevas oportunidades como para aprovechar la ocasión y aportar nuestro granito de arena en la mejora de algún aspecto de nuestra vida.

Así pues, nos dejamos llevar cual hoja por el riachuelo y llega el “olvidable” momento en el que planteamos que vamos a ponernos a dieta, dejar de fumar, hacer más deporte, ahorrar más,… y nos sentimos como un chiquillo con zapatos nuevos con nuestra súper ilusión de esa buena acción que vamos a comenzar a partir del uno de enero.

Pero, claro, llega el día de Año Nuevo, es festivo, “cómo vamos a empezar ahora a…”, lo dejamos para el día siguiente. Y, claro, el día siguiente ya es dos de enero y, como falta tan poco para la noche y el día de Reyes, sigue siendo medio fiesta, los niños están en casa o quizá estamos aún de vacaciones,… vaya, que existen multitud de motivos que nos llevan a pensar más de lo mismo: “a partir del lunes empiezo”, “cuando acabe las vacaciones o cuando el niño vuelva al cole me pongo con ello”, etc.

Pero el caso es que, llegado el día, nos pilla a contratiempo y, o bien nos buscamos otra excusa, o bien no teníamos lo necesario a nuestra disposición para comenzar la semana poniendo en marcha esas buenas intenciones: no nos hemos comprado la equipación deportiva o tenemos el frigorífico sin rastro de ensalada ni carne para hacer a la plancha, por poner algún ejemplo.

Llegados a esta situación, pueden pasar, habitualmente, dos cosas: una, que prefiramos dejar esta buena intención para otro momento señalado del año, momento para el cual, posiblemente, se nos haya olvidado esta promesa de Año Nuevo o, dos, pasamos directamente a la opción del olvido selectivo y, para cuando nos lo recuerda algún familiar o testigo del momento de la promesa, ha pasado “vete tú a saber qué” que nos ofrece la excusa perfecta para dejarlo para el próximo año.

En definitiva, y sin querer desanimar a nadie, lo más normal, humano y habitual es que las promesas de esa noche se queden en eso, promesas, algo que nos hace sentirnos genial por unas horas pensando en lo magníficos que somos, pero que probablemente caerá en el cajón del olvido en menos tiempo del que tardó en llegar a nuestras cabecitas tan genial idea.

Pero hay que tomárselo con humor, que es lo que he intentado en estas líneas, y no dejar de intentarlo año tras año.

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