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Blog Ana Belén Martín

Tribuna de Salamanca

“3 de diciembre”

Estamos muy acostumbrados a que cada dos por tres tengamos un día dedicado a algo: enfermedades, colectivos minoritarios,… pero el 3 de diciembre, Día Internacional de la Discapacidad, no debería pasar desapercibido en ese calendario de “celebraciones” y nos tendría que llevar a una reflexión sobre lo que consideramos discapacidad y las repercusiones que ello conlleva.
Como ya sabéis por alguno de mis anteriores post, este tema es una de mis debilidades, porque es mi especialidad en el mundo de la psicología, así que comprenderéis que no haya dejado pasar esta oportunidad para colaborar en la sensibilización con este colectivo y la concienciación de la necesidad de un cambio de mentalidad de nuestra sociedad para que dejen de considerarse tan diferentes al resto de los mortales.

Las personas con discapacidad, o como se las está denominando últimamente, las personas con diversidad funcional son eso, PERSONAS, y deben ser consideradas como tales independientemente de sus dificultades o limitaciones. Por lo tanto, tienen los mismos derechos que cualquiera de nosotros, pero no son pocas las ocasiones en las que tienen que superar demasiados obstáculos para poder disfrutar de esos derechos.

Tenemos la tendencia a utilizar expresiones poco acertadas cuando nos cruzamos con una de estas personas por la calle. Frases como “mira qué pena de muchacho”, “fíjate, si sabe andar solo por la calle”,… se escuchan más de lo deseable. Creo que, en lugar de ello, tendríamos que pensar en el valor añadido que todos ellos tienen enfrentándose al mundo y sus prejuicios para reclamar y ejercer su derecho a una vida plena, normal.

Hace ya algún tiempo tuve que escuchar en el autobús urbano a dos abuelitas hablando sobre la construcción de un centro de día para personas con discapacidad en su barrio. Realmente fue enorme el ejercicio de contención que tuve que hacer para no saltarles encima cual tigre de Bengala ya que me resultó muy duro e injusto oír comentarios acerca de “por qué en su estupendo barrio tenían que poner un centro de “éstos””, que “esos chicos tenían que estar más lejos de la ciudad”, que “menuda impresión y susto se iban a llevar los niños del barrio cuando los vieran por la calle”,… y lindezas por el estilo. Me pregunto qué hubieran dicho si alguno de sus nietos fuera un niño con discapacidad; seguro que habían cambiado su discurso porque me resisto a creer que rechazarían a su nieto y con ello a todo el colectivo del mismo modo que lo estaban haciendo en esa ocasión.

Pienso firmemente que, si existe la empatía y todos tratamos de usarla algo más a menudo, no debe ser tan difícil aceptar que las personas con discapacidad son personas como los demás, con la diferencia de que necesitan apoyos y ayudas para llevar a cabo tareas y rutinas para las que, habitualmente, no serían necesarios dichos apoyos. Por lo tanto, tratemos de pensar qué nos gustaría obtener de nuestra sociedad si nuestro hijo, hermano, amigo,… o nosotros mismos fuésemos una persona con discapacidad. Una vez hecho esto, actuemos en consecuencia y hagamos aquello que nos gustaría que nos hiciesen a nosotros para tener una vida en igualdad de condiciones.

Dedicado a todas las personas con discapacidad, a sus familias, amigos y todo el colectivo de profesionales que trabajan con y para ellos.

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