Silueta alberto arija original

Arija Station

Alberto Arija

URIBELARREA. DE MIGUEL NEMESIO A NACUCCHIO, PASANDO POR MACEDONIO

Uno se da cuenta de que ha cambiado de continente y se ha venido a Sudamérica cuando transita por lugares como Uribelarrea. Repentinamente todo encaja, todo se entiende. Es como cuando la aguja del dial de la radio acierta con el número exacto y la música se oye con nitidez. En Uribelarrea los sentidos te avisan inconfundiblemente de que estás en sintonía con la vida y que ésta se vuelve amable a través del trato y la mirada de sus moradores. El tiempo va más lento y solo importa lo esencial.

Salir de Buenos Aires es cruzar la línea que separa dos dimensiones: el ruido de la ciudad que respira prisas y fagocita con ansia a sus habitantes y el pueblo en el campo, donde todo el mundo sabe muy bien que el patrimonio más preciado, por encima del dinero, son la tranquilidad y el tiempo. El horizonte se aleja hasta donde dan los ojos mucho antes de llegar a Uribelarrea y de repente uno se encuentra en “Tomates verdes fritos”, o en “Evita”, para la que Alan Parker eligió sus calles como escenario natural de rodaje.

 

Es como si el calendario se hubiera detenido a finales del siglo XIX, cuando Miguel Nemesio de Uribelarrea, descendiente de vascos emigrados, fundara el pueblo en 1890 como consecuencia de la donación de parte de sus tierras para instalar una colonia agrícola. Dos años después se erigió la iglesia y el núcleo se extendió a varias calles paralelas sobre las que el arquitecto Pedro Benoit diseñó dos diagonales pensando que el fututo tráfico intenso de la población circularía mejor. La predicción no funcionó y, a pesar de que el pueblo tuvo su apogeo en los años treinta y cuarenta con el desarrollo de la industria láctea por parte de emigrantes vascos e italianos, el lugar terminó sumido en el sueño más profundo.

 

Hasta que llegaron Nacucchio y Macedonio para despertarlo.

 

Se podría afirmar que entre José Luis Nacucchio y las perlas hay dos parecidos razonables: ambos son escasos y brillantes. El abogado es de esos que terminó aprendiendo que lo único que no se puede acumular porque disminuye a medida que avanza es el tiempo. Y ha llegado a la conclusión de que, dado que el suyo, como el de todos, se va a terminar antes o después, mejor disfrutarlo de la mejor manera posible, es decir, haciendo aquello que las madres de antes nos decían a los hijos: “deja los lugares a los que vayas, si es posible, mejor que los encontraste”. Por eso creó “Macedonio”, en recuerdo y homenaje a uno de sus escritores de cabecera, Macedonio Fernández y también “Leonardo”, más grande y mirando a un hermoso jardín en el que las sobremesas son compartidas con los aromas del campo y los sonidos de los pájaros.  De ese modo da trabajo a buena parte de la población de Uribelarrea y además ha contribuido al repunte del pueblo, que se ha convertido en objetivo de porteños que buscan relajación, aire puro y buena comida los fines de semana. Incluso cuentan las malas lenguas que, gracias a la estabilidad recuperada de la población, el índice de natalidad ha subido y más de treinta niños en el pueblo se llaman José Luis en honor a su persona. Allí Nacuccio cumple otro de sus objetivos: compartir ese tiempo que por finito resulta tan valioso. De ese modo se convierte en anfitrión y recibe con cara de juguetería y asombroso detalle a quien tiene la suerte de ser invitado. Yo mismo el último sábado.

 

Hay lugares en los que todo es más intenso: las suelas de los zapatos suenan de otro modo cuando pisas, la hierba bajo tus pies sirve de almohadón y los aromas de la madera quemada por el fuego en el horno mientras dora la carne o transforma la harina y el agua en pan llegan a tu nariz y entran directos al alma. Hay cosas que se ven solo si te fijas bien: la estética de las casas que el tiempo ha castigado pero permanecen bellas incluso casi vencidas y que guardan toda la fuerza, más si cabe, que cuando lucían lozanas. Las caras de la gente, que reflejan la solemnidad de quienes se saben dignos. Las miradas profundas, cargadas de una naturalidad que te devuelve de un golpe a lo esencial. La conversación sin artificio alrededor de una mesa y ante una carne regada con una copa de vino. Y volver la cabeza para mirar el verde intenso y relajante de una tierra donde lo antiguo y lo nuevo se dan la mano en armonía.

 

Uno de los ejemplos más ilustrativos de que el tiempo es lo importante está en una de las fotografías que pueden verse en este post. Observe el lector el mostrador de madera con una curva de desgaste en la parte central provocada por cuatro generaciones de barrigas que se han apoyado en el mismo lugar para atender a los clientes. Y dígame si la constancia y el tiempo no marcan. Solicito al viajero que pasa por esta estación que al contemplar las fotos intente volar con la imaginación a cualquiera de esos sitios que le aportaron calma. A ese tiempo en el que no importaba más que el minuto presente. A esas tardes de primavera en las que sentado al sol y sin prisa se dio cuenta de que la vida, en el fondo, es un hermoso regalo. Seguro que entonces me entiende.

Comentarios

Deja tu comentario

Si lo deseas puedes dejar un comentario: