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Arija Station

Alberto Arija

PUXA, QUÉ GUAPINA YE!

José Monteserín nació en Asturias. Luchó en el bando republicano y pasó la mayor parte de la guerra en un campo de concentración en Haro, en Logroño, donde recibía puntualmente las cartas que le escribía su mujer, Santa de Gregorio y en las que le relataba cómo se sobrevive en la retaguardia. La íntima historia de la lucha por salir adelante en medio de la desgracia, la enfermedad del niño de dos años, los trabajos en ocasiones al límite de la dignidad para poder comer y la mirada a través de la ventana con la esperanza de verlo llegar alguna vez, se derramaban en la caligrafía simple de Santa, que lloraba sobre el papel para que José pudiera tocar algo de ella en el presidio. José guardó las cartas una a una como quien guarda un tesoro porque era todo lo que podía tener de su familia mientras estaba lejos de su tierra. El aire de Asturias le llegaba con cada noticia y olía el papel para poder percibir el aroma de su casa, las fabes en la lumbre, el olor de la madera calentando la estancia, el heno en los prados, la sal del mar…

A José le robaron las cartas cuando tres años después se subió al tren para volver a su casa. Alguien le seccionó un trozo de su vida al quitarle la cartera. Tardó otros cincuenta años en recuperarlas.

Cuando yo se las llevé a su casa, en su Asturias de siempre, intuí que ese rincón del mundo me había atrapado. En ninguna otra parte me siento tan vivo, tan sincronizado con la tierra, el agua, el cielo y la gente.

José recuperó sus cartas y yo, en la conversación con él, ya anciano, comprendí la relación de algunas personas con la tierra, ese amor que solo se entiende cuando se experimenta. Hace veinticinco años de mi encuentro con José Monteserín y Santa de Gregorio en la cocina de su casa, con las viejas cartas escritas entre 1936 y 1939 sobre la mesa y es raro el año que no voy a Asturias a respirar hondo, a caminar sobre la arena de una playa, a saborear su comida, a charlar con alguno de sus habitantes. Asturias se convirtió en ese lugar al que ir cuando se necesita calma, cuando los problemas, el trabajo o simplemente la necesidad de un cambio de horizonte para los ojos se vuelve imprescindible. Caminar por las calles de Ribadesella o Llanes, o Lastres, el pueblo colgado sobre el mar mientras contemplas la variedad de colores de las casas y aspiras el olor de la comida que se hace lento y que sale por cada portal abierto es reconocer que hay otro modo más simple, más real, más intenso de vivir.

 

He tomado el sol desnudo en sus playas. He visto la armonía de los cuerpos con el paisaje, la arena tostada, el verde del campo y el azul del mar, todo en un mismo cuadro. He saboreado las “fabes” junto al “compangu” y la sidra golpeada, un “culín” de un trago… me he sentado a la puerta de la casa, en una silla de madera ante un plato con quesos y vino al atardecer, cuando la luz va cayendo y las farolas le dan otro tono y otra belleza íntima al paisaje. Asturias es la tranquilidad mientras escuchas los cencerros a lo lejos, en la montaña, cuando las “vaques” se retiran de pastar y los tractores con el heno van a los establos. Me ha sorprendido la noche comiendo “oricios” con Roberto, el dueño de la Sidrería “El Llagar”, mientras hablamos de Victor Manuel y sus canciones, porque Roberto aún se emociona con las canciones del nieto del “mineru”…

 

He ido a la Lonja a ver llegar los barcos con “pescau”. Desde allí se los ve entrar por el estrecho que forman las rocas hasta la ensenada. Los motores y el chapoteo del agua contra la quilla son un sonido que no se olvida. He buscado caracoles entre las matas de calas y los rincones de las paredes de piedra de las casas. He subido al mirador del Fito, desde donde se ve toda Asturias de un golpe. Por las mañanas las nubes están más bajas que los picos de las montañas y otro mar, esta vez de vapor, oculta el paisaje habitual ofreciendo otro tan espectacular. He acariciado la crin a caballos “asturcones” y he visto nacer terneros y llegar a la vida con la simpleza y la naturalidad con la que llegan los animales. Asturias es tertulia al final del dia, alrededor de una mesa con amigos o gente que acabas de conocer. Es el sonido de la gaita antes de ir a dormir, con el último “culín” en la mano. Es la tranquilidad. No tener que mirar atrás, no poner en hora el despertador.

 

Siempre dije que quizás la vejez me pille en Asturias. Yo no pesco. Pero seguramente me compraría una caña para ponerla en el Paseo de la Grúa y poder charlar con los compañeros de pesca, a media mañana, mientras almorzamos. Después me iré a sentar tranquilamente a la sombra de una higuera, a releer “La Camarera de Bach”, de mi amigo Antonio Gómez Rufo, mientras las “Xanas”, Ninfas, Duendes y “Trasgus” hacen de las suyas jugando en el bosque.

 

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