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Arija Station

Alberto Arija

MBURUCUYÁ. VOLVER A CASA DESPUÉS DE UN LARGO VIAJE.

Desde la ciudad argentina de Córdoba hasta el pueblo de La Cumbre hay una hora de carretera que serpentea entre la montaña donde crecen bosquecillos de Orco Quebracho y el aroma a tomillo lo inunda todo. Contrasta el calor de la Capital de la Provincia con la temperatura más benévola del pueblo fundado por los cinco hijos del Capitán español Bartolomé Jaime. Hoy sus habitantes son más de siete mil y poco les importa el origen de las calles por donde todos los días transitan sin ninguna prisa porque en La Cumbre el ritmo es otro. 

Cuando estuve en Mburucuyá, la casa de dos artistas en La Cumbre, Córdoba, recordé aquellos tiempos en los que mi vida transcurría en otro Monasterio. La casa de Carlos y Leo tiene un pasado monástico. En ese tipo de sitios uno tiene la certeza de que es el escenario lo que perdura, lo demás pasa, no tiene importancia. La habitamos un día, un año, una vida. Disfrutamos del silencio roto solo por las hojas de los árboles al mecerse en la brisa del verano y escuchamos el canto de los grillos en las horas del calor de la siesta. Al final, pasamos de largo. Somos solo un eslabón en la larga cadena que constituye la historia de lugares así.

 

Mburucuyá aparece entre los árboles cuando bajas del coche. El césped bien cortado delante de la casa le otorga una imagen de limpieza atractivo. Ahí está. Con la insolencia de quien se sabe hermosa, tiene puesto su vestido de enredadera. A medida que te acercas se percibe cómo guarda en su fisonomía las marcas de los años y la intervención estética que los sucesivos dueños le han ido aportando hasta convertirla en lo que es hoy: un lugar donde el arte y la belleza interior y exterior tienen papel protagonista.

 

Volví a experimentar las tardes de otro tiempo sentados a la sombra y disfrutando de la tertulia. Del aire cálido en los paseos por caminos de tierra, rumbo al lugar en el que Mújica Laínez tuvo su última morada. Observé la luz al pasar entre las hojas de los árboles y pensé que La Cumbre es un espacio para almas sensibles que puedan percibir la belleza que allí se encierra.

 

Volví a mis años de adolescente, cuando aquellas tardes eternas en las que cerraba los ojos recostado en una hamaca percibiendo los sonidos, los aromas, grabando en mi memoria la fisonomía interna de los sitios que amas. Me asomé por la ventana recortada en la enredadera para observar los rosales, el estanque de nenúfares y la puerta que delimita un espacio ficticio, siempre abierta, como esperando alguien que no llega. Abrí los vanos de las ventanas hacia el exterior y pude contemplar la higuera enorme que proyecta su sombra sobre la trasera de la casa. Contemplé las estancias, las alcobas, los muebles, la disposición de las cosas en la cocina. Todo rebosaba armonía.

 

Vivir en Mburucuyá es como encontrar el lugar que todos buscamos, la referencia a la que siempre regresamos, el cobijo en el que nos hallamos a salvo y necesitamos tocar para sentir que todo está bien. Vuelvo sobre cada uno de los detalles que encierra y algo profundo en mi interior se siente tocado por la belleza. Mburucuyá es como volver a casa después de un largo viaje. 

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