Silueta alberto arija original

Arija Station

Alberto Arija

HEREDAR UN PUEBLO.

Siempre quise ser de pueblo. No tuve esa suerte aunque nací en una ciudad tan pequeña y con un ritmo de vida tan tranquilo que podría considerarse que casi lo soy. Pero a medida que he ido rompiendo hojas en el calendario he añorado con más fuerza la sensación de volver al pueblo en verano como hace tanta gente y pasear por sus calles recordando tiempos de niñez en los que se sentaban en el bordillo de la acera a comer pan y chocolate en las interminables tardes de estío.

Así que, como la cuna no me dio pueblo, decidí heredar uno y tiré del único hilo que tenía a mano: el de la familia de mi madre que, como ya conté en algún momento cercano, es un enclave castellano rodeado de espigas por el que pasa una de las rutas culturales y turísticas más importantes del mundo: el Camino de Santiago: Sahagún. Me han quedado pegados al ADN algunas cosas adquiridas a través de mi madre y de la suya (algún día hablaré de la Juana), como el sabor del “pan de Parro”, una panadería clásica en la plaza del pueblo, o “La Pelegrina”, como mi abuela llamaba a una de las iglesias del pueblo, o las visitas a la “Señora María”, sin duda alguna amiga de la familia sobre la que tengo un vago recuerdo de haber ido a su casa alguna tarde, de niño.

Mi madre tiene una prima que vive en Sahagún, aunque como muchas familias españolas, durante los años setenta emigraron al País Vasco, pero esa es otra historia, así que volvamos por donde íbamos: mi madre tiene una prima que vive en Sahagún. Y algunas veces en verano mi padre llenaba el coche (un 4L al que acoplaba dos asientos de camping en el maletero para instalarnos a todos) y madrugábamos para rodar 60 kms. de carretera de la de entonces para llevarnos a pasar el día al pueblo para ver a la familia. Después de casi una hora de traqueteo atisbábamos el castillo de Grajal, enclave anterior a nuestro destino. Una recta anunciaba el final del viaje y las espadañas de las iglesias de San Tirso y San Lorenzo se levantaban entre campos de trigo de ocre que ya anunciaba siega.

 

Yo tendría seis o siete años y era tan flaco como mi primo José Vicente. Con el tiempo él se ha mantenido flaco y lo mío es otra historia, pero entonces y con la escasa diferencia de año arriba o año abajo, éramos el prototipo de los niños de la España del subdesarrollo. Enjutos, corte de pelo de flequillo irregular, pantalón corto, rodillas desolladas y mirada curiosa con todo lo que se pusiera por delante. Si cierro los ojos percibo aún el aire caliente de la tarde de julio, sentados en el bordillo (con el pan y chocolate) y mirando los tatuajes de “El Cucarra”, el abuelo de mi primo, que reposaba en una silla de madera y mimbre con la piel negra por el sol y una impoluta camisa blanca que parecía aún más clara en contraste con su pantalón negro. Llevaba un ancla en el antebrazo y a nosotros eso nos parecía inaudito, solo al alcance de piratas o aventureros y la verdad es que “El Cucarra” no había pasado de arar los campos cercanos al pueblo. Con los ojos cerrados permanecía en una siesta imposible, como sólo la duermen los perros, apoyando la espalda contra la pared blanca de la casa. Nosotros nos fuimos bajando la calle por los peldaños de canto rodado hasta la plaza del pueblo para dar un paseo y seguramente olvidar el episodio ocurrido esa mañana, que hizo que ese día quedara en el recuerdo de toda la familia de manera que hoy aún, cincuenta años después, se siga recordando cada vez que la vida nos concede la suerte de juntarnos.

 

La prima de mi madre se llama Isabel. Tiene una de las miradas más limpias que he conocido, a mitad de camino entre la timidez y la ternura, habla con refranes constantes y lo explica todo muy clarito, con la contundencia del sentido común. Ahora, con los años, me impresiona verla porque estoy viendo a mi abuela cuarenta años después de muerta y es que los genes a veces tienen esas cosas, que te devuelven a la gente al cabo del tiempo en sus descendientes. Su casa, una construcción de pueblo castellano, con paredes gruesas para que ni el frío ni el calor pasaran, tenía a la entrada una estancia que a mi entonces me parecía muy amplia, con el suelo de baldosas color pimentón, en el que las mujeres se dejaban las rodillas limpiando y al que aplicaban “almazarrón”, que lo dejaba teñido y brillante para un buen tiempo. Según entrabas, a mano derecha, una escalera de apenas cuatro peldaños conducía a otra zona de la casa y si seguías por el lado derecho, te encontrabas con la cocina y el patio. Eso recuerdo después de todo este tiempo y también que José Vicente y yo jugábamos en ese portal al resguardo del calor de la calle.

 

Sería mediodía cuando un ruido de movimiento al otro lado de la puerta de la calle nos puso en alerta. Los resoplidos acelerados y el sonido del gemir por el esfuerzo llegaron a nuestros oídos haciendo que interrumpiéramos lo que quiera que estuviéramos haciendo. Y repentinamente un enorme golpe hizo que la puerta se abriera de par en par y asomaran por allí dos cuernos que a mí me parecieron los de un “miura”. Agarrado a la cabeza del animal estaba el marido de Isabel, Vicente, tratando de conducirlo por la puerta y hacerlo recorrer los metros del portal para llevarlo al patio. No sé si porque no hacía mucho había visto “Quo Vadis” en la tele en blanco y negro y recordaba a Ursus agarrado a la testuz del toro para salvar a Lidia que lo miraba atada a la columna en el Circo Romano mientras Peter Ustinov miraba desde el palco con cara de incredulidad, o porque desde la perspectiva de un niño de seis o siete años aquel bicho tomaba las dimensiones de una bestia colosal. No pregunté. Entré en pánico. Mis gritos debieron oírse en todo el pueblo y ni las voces de Vicente ni mi padre que en ese momento y pensando que me ocurría algo grave salió para ver qué me pasaba y trataba de calmarme demostrándome que no había motivo para tal alarma tuvieron efecto. Después de un fallido intento de huida por la escalera hacia la parte superior de la casa seguí gritando hasta que finalmente se llevaron ese animal de allí hacia no sé dónde porque el resto del día no quise volver a entrar. Evidentemente no se trataba de un “miura”, sino de una vaquilla, apenas una ternera que mi tío habría comprado seguramente con intención de abastecer de carne la casa durante un tiempo.

 

Hoy en día Vicente aún me recuerda la historia cada vez que nos vemos. Y a mi, en el fondo, me gusta que lo haga porque eso significa que aún podemos tomarnos un café con esas pastas que solo hacen en los obradores de los pueblos como Sahagún, ese sitio de donde yo no soy, pero del que me siento hijo adoptivo.

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