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Arija Station

Alberto Arija

EL URUGUAY NO ES UN RÍO

A medida que el autobús avanza por la tierra verde de Entre Ríos, uno diría que ha llegado a un lugar que se parece al paraíso. Más de cuatro millones de cabezas de ganado pastan en sus praderas en las que los cítricos crecen al sol compartiendo con los arrozales las islas que forman esta provincia argentina. Cruzamos uno de los puentes que permiten entrar en esta zona entre dos países y entramos en territorio de los “panzas verdes” o los “tagüés”, gente que toma el mate mientras canta la copla: “si me llaman panza verde y hasta me dicen tagüé, es porque soy entrerriano en donde quiera que esté”.

Les llamaban “panzas verdes” a los soldados del General Justo José de Urquiza, gobernador de Entre Ríos, cuyo uniforme llevaba una pechera blanca desde la cintura hasta el cuello que al arrastrarse por los pastos se teñía de verde. Esa denominación está vinculada con otra que habla de lo aguerridos y duros que eran los hombres en esa zona plagada de islas, en la tierra de nadie entre la República de Uruguay y Argentina y rodeada del agua del río que le da nombre a algunas de sus principales ciudades, como Concepción del Uruguay. Los panzas verdes son llamados también “tagués” desde la batalla de “Caá Guazú”, que enfrentó al ejército entrerriano, a las órdenes del General Pascual Echagüe, el 28 de noviembre de 1841 y a los correntinos que mandaba el General José María Paz. En esa época se utilizaban los trabucos cargados con pólvora por delante, es decir, por el cañón del arma y como proyectiles se usaban perdigones que, al ser disparados, impactaban en el pecho y la cara de los soldados entrerrianos. Debido a la larga y espesa barba que éstos usaban, los proyectiles no penetraban profundamente, aunque quedaban ensangrentados por los impactos. Por eso los llamaban “entrerriano tagüé”, que en el idioma guaraní significa “entrerriano pelo duro”.

 

De los guaraníes, primeros pobladores antes de la llegada de los colonizadores españoles, quedan muchos vestigios en las palabras y en la fisonomía de los entrerrianos: algunas ciudades llevan nombres que descienden de vocablos de la etnia aborigen, como Gualeguaychú, Nogoyá, Villaguay, y se mezclan con otras de clara ascendencia castellana, como Colón, Federación o Victoria. Al subir hacia el norte, desde Buenos Aires, uno se encuentra con gente que tiene otro ritmo de vida, acostumbrados a entregarse a las causas por las que lucha con el mismo fervor que sus antepasados, destacados integrantes del proceso que convirtió a Argentina en un país independiente. Allí crece el ñandubay y bajo sus ramas, cobijados a su sombra, cualquier motivo es bueno para la celebración y el baile donde las gurisas y gurises rondan sus primeros amores junto al río, que no es un río:  “El Uruguay no es un río, es un cielo azul que viaja. Pintor de nubes, camino con rumor de mieles ruanas. Los amores de la costa son amores sin destino, camalote de esperanza que se va llevando el río. Gurisito, pelochuzo, ojitos de yacaré, barriguita chifladora, lomito color café.”.

 

He paseado por Colón, junto al río que allí parece un mar, en una tarde de primavera. He contemplado las aguas mansas donde crece el surubí y he paseado por sus calles coloniales. Me he acercado a Concepción del Uruguay, una de las poblaciones más antiguas de la zona. Allí he podido recorrer los pasillos del Colegio Superior del Uruguay “Justo José de Urquiza”, el primer centro de enseñanza laico y gratuito de Argentina, donde estudiaron futuros presidentes como Julio Argentino Roca, Victorino de la Plaza o Arturo Frondizi. Al lado, en la Plaza General Francisco Ramírez, presidida por un monolito cuenta la tradición que si te sientas en un banco con una mujer y le declaras allí tu amor, finalmente se casará contigo. Yo lo hice y aún no ha ocurrido. Sigo esperando. No sé si es que aún lo está pensando o, como todas las leyendas, solo son historias al viento.

 

Entre Ríos es tierra de carnaval. Quizás por la proximidad o por alguna concomitancia con los antiguos aborígenes de esa zona del mundo, podría confundirse la exuberancia, la explosión de colorido y la belleza de los cuerpos entrerrianos con los más conocidos, pero no más hermosos de Río de Janeiro. Pero esa es otra historia que tendrá su momento más adecuado en el calendario. El autobús regresa al atardecer y la silueta de las palmeras se dibuja en el cielo, todavía azul, que sigue viajando. Resuenan en mis oídos los versos de Alfonso Solá González: “si vuelvo a Paraná te contaré mi vida mirando aquel antiguo jacarandá que es mío. Me mostrarás la tarde lentamente abolida y una estatua con rosas, desnuda, junto al río.”

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