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Alberto Arija

EL COLÓN, KAUFMAN, DAVIDOFF Y EL FANTASMA DE LA ÓPERA.

Cuentan las crónicas porteñas que hace un mes exactamente, el pasado 17 de octubre, los cuidadores del Teatro Colón encontraron en una de las escalinatas una caja de cigarrillos que contenía una bolsa con cenizas y a su lado una nota que decía escuetamente: “Aquí dejamos tus cenizas. Nos quedamos con tus recuerdos”. Era la una y media de la tarde. Los empleados llamaron a la policía.

El Teatro Colón es un reflejo de la ciudad que lo alberga. Puede que hayas tenido una relación intensa, quizás solo hayas pasado de forma casual o es posible que hayas vivido largo tiempo bajo sus tejados. De cualquier modo, siempre querrás volver. Incluso si tu referencia es simplemente la extraída a través de las conversaciones con algún conocido que tuvo la fortuna de pasar por la capital argentina, eso será suficiente para que la curiosidad se apodere de tu voluntad.

 

Eso debió pasarle al protagonista de nuestra historia: los diez firmantes de la nota explicaron que las cenizas correspondían al productor teatral Julio Kaufman, que falleció el 22 de agosto pasado en Miami a los 88 años, sin haber trabajado jamás en el coliseo bonaerense. La caja, un paquete de cigarrillos “Davidoff” con sus cenizas, espera ahora en comisaría que alguien, algún familiar posiblemente, la reclame. Los motivos por los que Kaufman quiso acabar en el centenario edificio siguen siendo un misterio.

 

A mi tampoco me importaría. Si por casualidad una vez muerto tuviera la posibilidad de deambular por cualquier parte, este sin duda sería uno de los más fantásticos escenarios en los que convertirme en el fantasma de la ópera. De hecho, ya tengo el lugar en el que, cuando la sala estuviera completamente vacía, disfrutaría en silencio, como ya lo hice una vez, de la magnificencia de su conjunto: uno de los palcos centrales, donde tuve la fortuna de asomarme en una de las visitas guiadas que se ofrecen cotidianamente. Al abrir la cortina que protege la acústica de cualquier rebote en la puerta de acceso, apareció ante mi la mayor explosión de belleza que en un coliseo puede darse, lo que provocó una hiper oxigenación de la que me repuse después de un largo rato inmóvil en mi asiento. El Colón es la máxima expresión del recipiente al que uno puede ir para extraer el producto del alma humana. Desde que en 1908 fuera inaugurado, con dieciséis años de retraso (una de las causas fue el asesinato de tu arquitecto, Francesco Tamburini), no ha dejado de contribuir al desarrollo de la cultura argentina.

 

Entre los artesonados del Patio de Butacas suenan aún los ecos de actuaciones estelares, como la de María Callas en 1949 o el famoso bis de Plácido Domingo que todos recuerdan como la mayor ovación concedida en la historia del Colón. Por sus galerías puede escucharse aún el sonido de los tacones y los brindis de la alta sociedad porteña, que en los años veinte y treinta jugaba a ser París y derrochaba alegría, dinero y clase en el interior del edificio. A través de las fotografías el lector sin duda podrá comprobar por qué esta instalación es conocida y temida por los artistas como la mejor y más exigente del mundo.

 

Lo de Kaufman será un misterio, pero desde luego no es raro.

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