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Arija Station

Alberto Arija

ASÍ EN LA VIDA COMO EN LA MUERTE

En estos días de “Halloweenes”, santos, difuntos, zombies, fantasmas y películas de sospechoso gusto en la televisión en torno a la fiesta de primeros de noviembre, he recorrido el Cementerio de La Recoleta. Si en algún lugar se puede meditar sobre lo largo que se le debe hacer a uno eso de estar muerto es este. Aquí parece que el tiempo se detuviera, como por otra parte es lógico para quienes aquí reposan (que no habitan) y una sensación a medio camino entre la nostalgia por la rapidez con que la vida se va y la admiración por el derroche escultórico te invade repentinamente a lo largo de una tarde de paseo relajado.

En el centro de la ciudad, bautizando uno de los barrios más populares de Buenos Aires, el Cementerio de La Recoleta es un Museo de Escultura al aire libre. Fue el primer lugar que visité, después de aterrizar en la ciudad porteña en marzo de dos mil once y vuelvo a él de vez en cuando. La lluvia de aquella primera mañana aportaba al escenario un efecto entre  romántico y misterioso. En mi vida había conocido cementerios comunes y otros que me habían llamado la atención especialmente, como uno perteneciente a los soldados de la segunda guerra mundial en Francia. Pero el que se encuentra junto a una de las zonas más turísticas de la capital argentina y que alberga los restos de Evita es especialmente llamativo por su historia, su configuración, dado que está constituido exclusivamente por mausoleos, sin tumba alguna, incluso por sus historias llenas de misterio que se han convertido en su mayoría en leyendas urbanas que circulan por el imaginario popular.

 

Ese espacio donde el primer enterrado era hijo de esclavos y que luego fue subiendo de nivel hasta albergar cadáveres de gente de alcurnia o de posibles, tiene la calma y la serenidad que se le supone a la muerte. Es curioso, pero allí dentro no se oyen los ruidos del tráfico, ni las bocinas, ni nada que no sea algún maullido de los gatos que han conquistado el territorio como suyo y que gozan incluso de una Asociación que los protege. Los gatos del Cementerio de La Recoleta tienen, seguramente por algún don que los humanos no disponemos, esa especial percepción de las cosas que hace que prefieran custodiar unos mausoleos en lugar de otros. Y es que, como dije al principio, aquí las leyendas urbanas no faltan.

 

Se habla de Rufina Cambaceres, la mujer que murió dos veces. La primera al enterarse de que su novio mantenía relaciones con su propia madre. Parece ser que al saberlo sufrió un colapso y fue enterrada viva, saliendo del féretro después de arañarlo para morir nuevamente aferrada a la reja de la bóveda, intentando abrirlo inútilmente. Cuentan que su espíritu despechado vaga por los alrededores del Cementerio intentando mitigar su dolor. O la historia de “la dama de blanco”, que relata el encuentro de dos jóvenes en un baile. Al salir ella siente frío y él le presta su chaqueta que la chica mancha de café. Quizás con excusa para volver a verla, decide ir al día siguiente a buscarla y cuando va a casa de su amada, la madre le cuenta que reposa en el Cementerio de La Recoleta desde hace tiempo. Cuando el chico acude al mausoleo encuentra allí su ropa manchada de café. Dicen que la madre pasaba las noches junto a la escultura que representa a su hija en actitud durmiente durante los primeros meses después de su fallecimiento.

 

Pero también hay historias curiosas: Salvador María del Carril y Tiburcia Domínguez eran una pareja que, como muchas, tuvieron un desencuentro amoroso, aunque el suyo debió ser más persistente ya que se pasaron los últimos treinta años de su vida en común sin dirigirse la palabra. A la muerte de Salvador, Tiburcia encargó que se erigiera una imagen de su esposo, cómodamente sentado, como seguramente gustaba estar en su casa habitualmente. Ella lo sobrevivió quince años y sin embargo fue tal su enojo que no se le pasó: a su muerte, dejó escrito que se instalara un busto de ella misma, en el mismo catafalco, pero colocado de espaldas a la imagen de su esposo, de modo que permanecieran eternamente sin mirarse uno al otro.

 

Este es el Cementerio que alberga buena parte de la historia de Buenos Aires y de la propia Argentina, donde reposa una nieta de Napoleón y en el que su propio sepulturero ahorró durante los años en que estuvo trabajando para erigirse él mismo un mausoleo y suicidarse el día que lo finalizó para poder estrenarlo.

 

La muerte, como la vida, nos define.

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