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Andadas

Celia Sierra Moreno

Salamanca, una ciudad de ida y vuelta

Experiencias salamanca detail

Llevo tiempo queriendo hablaros de una ciudad que llevaré en el corazón para siempre. La ciudad en la que pasé los cinco mejores años de mi vida y la que me permitió conocer a personas increíbles que aún hoy, en la distancia, me acompañan cada día. En las andadas de hoy os llevo a la ciudad universitaria por excelencia, la que cautivó a Unamuno (y a mí), a la que vuelvo cada día, casi cada hora… os llevo a Salamanca.

Toda la vida había pensado en irme a estudiar a Madrid. No había discusión. Era lo más fácil, lo más cercano y lo más cómodo para todos. Sin embargo, en el momento en que aprobé la selectividad y tuve que elegir destino, elegí Salamanca. Recuerdo que una profesora que tenía en el instituto me había hablado muy bien de la ciudad y de alguien de su familia que había estudiado periodismo en la Universidad Pontificia. Así que sentados con mis padres alrededor de la mesa del cuarto de estar, donde se toman todas las decisiones importantes en mi casa, decidí que cambiaba Madrid por Salamanca. Creo que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida, la verdad.

 

Un 28 de julio fuimos a hacer la matrícula de la universidad. Y un 4 de octubre ponía rumbo hacia mi nueva vida. Siempre he sido una persona un poco rara y lo de meterme en una residencia no me motivaba demasiado… así que encontré un apartamento del tamaño de una caja de cerillas que se convirtió en mi hogar durante cinco años. Ya os digo que era muy pequeño, pero tenía una terraza desde la que se veían las torres de la catedral. Daría lo que fuera por volver a fumarme un cigarro en esa terraza con vistas.

 

 

Cuando empecé la carrera tenía turno de tarde, así que durante las primeras semanas aprovechaba las mañanas para conocer mi nueva ciudad. Así descubrí plazas encantadoras, edificios llenos de historia y calles llenas de vida. Cada vez que alguien venía a verme era casi obligado montar en el trenecito turístico y pasear por la Plaza de Anaya, por el Patio de Escuelas, recorrer la Rúa de arriba abajo y de abajo arriba, sentarse en el Novelty a tomar un café o un helado si hacía buen tiempo.

 

Cerca de donde yo vivía está la Casa Lis, un museo de Art Noveau de los más bonitos que he visto nunca. Y también muy cerca está el Museo de la Historia de la Automoción, que descubrí por un reportaje que tuve que hacer para el periódico donde hice prácticas durante un verano, El Adelanto (que en paz descanse) porque tuvo que cerrar hace apenas dos meses por las malas gestiones…

 

 

Tampoco estaba muy lejos del Puente Romano, y muchas veces me iba de paseo por allí. Las vistas que tiene de las dos Catedrales son realmente increíbles. ¡Ah, sí! Dos catedrales. Creo que es una de las pocas ciudades del mundo que pueden presumir de tener dos catedrales tan bonitas. La idea principal era destruir la vieja cuando finalizaron las obras de la Catedral Nueva, pero las mujeres de la ciudad se negaron y consiguieron la convivencia de ambos edificios. Desde luego, Salamanca no sería lo que es sin sus dos catedrales. Por cierto, andantes, ¿habéis visto el astronauta de la fachada de la Catedral Nueva? ¿Y el toro?

 

¿Y la rana de la fachada plateresca de la Universidad? La leyenda cuenta que los estudiantes que veían la rana aprobaban el curso. Más que leyenda es un mito, ¿eh? ¡Os lo aseguro!

 

 

Después llegó el hacer amistades. Amigos de esos para toda la vida. Con los que uno se va de pinchos al Cervantes o al bambú, con los que se compra una napolitana de dos chocolates en la confitería París o con los que se toma una copa en el Berlín o el Bisú. O en el Candela, o en el Puerto de Chus… ¡será por bares!

 

La alegría que tiene Salamanca es única. Salamanca te lo da todo. Te acoge, te adopta, te enseña…

 

 

En Salamanca forjé unos recuerdos que, puedo apostar, me acompañarán para siempre. Como subir en pleno mes de enero a estudiar a la sala de madera de la biblioteca de la Ponti y cruzar la calle más fría de toda la ciudad (Libreros con Calderón de la Barca) y llegar hasta sitio que las más madrugadoras habían guardado con todos los miembros del cuerpo entumidos. O el café y el pincho de tortilla rellena del Mándala, obligado en los descansos de estudio.

 

 

La excusa de preguntar algo de unos apuntes sólo para tomar una caña o las despedidas en junio hasta el año siguiente… partidos de fútbol, capeas, conciertos. Museos, bares, encuentros. Reencuentros, más bares, más fútbol. Clases, confesiones, la tuna cantando en cualquiera de las terrazas de la Plaza…. Y llegó un año en el que las despedidas fueron más largas. Ya no habría reencuentro en septiembre. Llegó el momento de echa la llave a mi caja de cerillas y coger mi atillo para empezar en otro sitio. El atillo sigue sin deshacerse porque aún no encontré otra caja de cerillas donde forjar nuevos recuerdos, nuevas aventuras.

 

No cambiaría por nada esos años que pasé en Salamanca. Hoy, andantes, os he enseñado un poco de esa Salamanca mía que espero que os haya gustado. La ciudad dorada os espera. Y puedo garantizaros que si la visitáis, iniciaréis un idilio con ella que será muy difícil de romper.

Comentarios

Arantxa M. 25/07/2013 19:57 #1
Emotivas estas andadas salmantinas.. con la de historias que nos has contado d tus años d carrera.

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