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Andadas

Celia Sierra Moreno

Estambul, una puerta hacia dos mundos

A lo largo de las semanas que llevamos con andadas no hemos cogido ningún avión hacia oriente…esa parte del mundo que tiene tanto que ver y que descubrir… creo que ha llegado el momento. Abrochaos los cinturones porque hoy abriremos la puerta de las dos civilizaciones: oriente y occidente.

A algunos puede pareceros extraño, pero Estambul es una de las ciudades más visitadas del mundo. No en vano, fue capital de los tres imperios más importantes de la historia: el otomano, el bizantino y el romano. Estambul se encuentra entre dos mares: el Mármara y el mar Negro, entre dos continentes: Europa y Asia; y entre dos mundos: el tradicional y el moderno.

 

La vieja Constantinopla es un sinfín de contrastes; es caótica y serena. Muy oriental para ser europea y demasiado occidental para ser asiática. Es, quizás, en esta mezcla donde reside su encanto y lo que la convierte en una ciudad única e irrepetible.

 

Al planear el viaje a Estambul pienso sobre todo en dos lugares que me muero por conocer: Santa Sofía de Constantinopla y la Mezquita Azul.

 

La primera la descubrí en bachillerato, en esas interminables clases de arte en la que una profesora llamada Gloria se empeñaba en meter en mi dura mollera las principales características del arte bizantino. Los años fueron pasando, mi interés por el arte creció y ver el interior de Santa Sofía hace que se me pongan los pelos como escarpias. ¡Si Gloria lo supiera!

 

Está situada en el punto más alto de la ciudad y su cúpula, junto a sus cuatro minaretes son la imagen más característica de la ciudad. Cuando vuestro recorrido por la basílica os lleve a la segunda planta, deteneos a contemplar las maravillosas vistas de la Mezquita Azul. No hay palabras para describirlo.

 

La Mezquita Azul es la más importante de la ciudad y debe su nombre a los veinte mil azulejos azules que adornan su cúpula. Su construcción generó cierta polémica ya que se edificó con seis minaretes, exactamente los mismos que tenía la Meca. Finalmente, en la Meca se construyó un minarete más (tiene siete) para marcar la diferencia y apaciguar a los devotos.

 

Chicas, pelo y hombros tapados si queréis entrar a visitarla.

 

La Torre Gálata es una de las torres más antiguas del mundo. Se construyó como faro en el año 528 y actualmente ofrece las mejores vistas de la ciudad; preparad la batería de la cámara de fotos porque no os cansaréis de retratarlas.

 

Pero no abuséis de la batería o coged alguna de recambio, porque cuando lleguéis al Puente Galata continuaréis captando instantáneas como locos. Este puente mide alrededor de medio kilómetro y está situado en el estuario que se conoce como el Cuerno de Oro. El Puente Gálata une el viejo Estambul con la zona más moderna; se considera un puente simbólico capaz de unir las diferentes culturas.

 

Aprovechad un día de vuestro viaje para daros un capricho y relajaros. Podéis empezar, por ejemplo, con un baño turco. El más famoso es el Hamam Cagaloglu pero hay muchísimos. En la mayor parte de estos baños, la entrada incluye un lavado exfoliante y distintos masajes. Vamos, que sales como nuevo… perfecto para hacer un crucero por el Bósforo, un estrecho que conecta el Mar Negro con el mar de Mármara y que separa Estambul en dos partes: la europea y la asiática.

 

Esta ciudad turca ofrece una amplia variedad de comidas y bebidas de las que hay que intentar disfrutar. Olvidaos de los kebab que ponen en la feria y centraos en el Testi Kebab, un guiso de carne que se hace en un recipiente de cerámica que se rompe al servir. Tranquilos, no os cobran el recipiente. El pollo a la miel es una delicia y el Lüfer también. Sé que suena a demonio pero es un pescado azul del Bósforo. Merece la pena probarlo.

 

En bebida destacan el té; el ayran, compuesto de yogur, agua y sal (no, puaaagg no); el raki, un anís que se toma con la cena y el Kahve, café turco que se caracteriza porque el azúcar se le echa al hacerlo.

 

Y ya que estamos comidos y bebidos, estamos más que preparados para irnos de compras. Repartiremos nuestro tiempo entre el Gran Bazar y el Bazar de las Especies. Con calma… no hay prisa y hay mucho que ver y que comprar. ¡Es nuestro momento, compradores compulsivos!

 

El Gran Bazar de Estambul es uno de los mercados más grandes y antiguos del mundo. Tiene casi cuatro mil tiendas colocadas a lo largo y ancho de sesenta y cuatro calles. Podéis acceder a él por cualquiera de sus veintidós puertas y una vez dentro dejarte llevar por el olor del cuero, de las alfombras, las antigüedades. Por las fantásticas falsificaciones de ropa y de arte. Disfrutad del tacto de las verdaderas pasminas y regatead para traeros alguna de recuerdo. ¿Que cómo sabéis si son verdaderas? Porque pasan, prácticamente sin rozarlo, por el aro de una alianza.

 

Y si lo que queréis es traer productos típicos y regalos para las familias, no podéis dejar de visitar el Bazar de las Especias, un lugar muy colorido cercano al Puente Gálata, en forma de L y que está repleto de especias, frutos secos, té y quesos propios de Estambul. En los alrededores del Bazar de las Especias se encuentra un mercado de aves y flores que también supone un placer para los sentidos.

 

Guardad las facturas si habéis comprado alfombras o antigüedades: es posible que os las pidan en el aeropuerto antes de coger el avión que nos trae de vuelta a casa. Al trabajo, a la rutina, al día a día… y a mí, a preparar el próximo viaje.

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