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Amuletos contra el desastre

Laura Emily Roberts

Río Ouse; sin orillas

and the loversPass by, pass by.(Sylvia Plath)

Leí Las Olas de Virginia Woolf en una edición inglesa de tapas blandas muy gastada mientras viajaba en diversos trenes por Holanda, escuchando las voces de los personajes de Virginia: Susan, que tenía miedo de moverse, y Jinny, que tenía miedo de quedarse quieta; Bernard, la voz narradora que huye del orden para encontrar la vida en el caos, y Rhoda, que flota ligera, ligera y cercana a la muerte, ligera y abstraída de la vida; Neville y Louis: los dos buscando ser amados, uno de forma sublime, el otro de forma mundana. Los cinco movidos por el deseo de algo perfecto, de algo propio e incomparable, quizás, que no esté al alcance de nadie más.

Leí Las Olas de Virginia Woolf en uno de estos viajes donde todo se mueve a tu alrededor; donde la familia y los amigos se mueven alrededor como otros viajeros desconocidos (otras familias, otros amigos). Donde el tiempo es otro espacio más entre los espacios y los andenes, y la vida, nadando como un decorado, pide historias con las que rellenar los huecos de la memoria.

La vida también es una ficción: una cadena de acontecimientos desordenados buscando la lógica. Cuando viaja, Bernard se convierte en trovador. Quedándose en casa, Neville busca la armonía y el preciosismo, detener el tiempo, antes de saber que Percival no vuelve (Percival, atrevido en su empero de seguir la norma, de buscar el relato: la hazaña, el progreso, Percival muere como el símbolo de una civilización perdida, de todas las civilizaciones, de nuestra civilización íntima que con los años deja de tener sentido). No ser sólo lo que tú cuentas, sino lo que cuentan ellos (o su ausencia); convertirse, ser, en fin, lo contado.

Leí Las Olas mientras los otros me veían y me dibujaban a mí (la muchacha extranjera que lee Las Olas sentada en el tren), o yo a ellos (los rostros que pasan, que pasan: yo soy las olas, ellos son las olas, las olas son el deseo de retener la arena, el tren la arena que mancha todo, al mismo tiempo, y de pronto, se desvanece, y el recuerdo, como una bandada de pájaros que se aleja y cuyo canto nadie entiende, se desdibuja.

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