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Amuletos contra el desastre

Laura Emily Roberts

Encontrar a la Maga

La repetición al infinito de un ansia de fuga, de atravesar el cristal y entrar en otra cosa.–Quién sabe –dijo la Maga.– A mí me parece que los peces ya no quieren salir de la pecera, casi nunca tocan el vidrio con la nariz.(Rayuela, Julio Cortázar)

Si digo Rayuela diréis muchas cosas: infancia, juego, piedra. Libro. Julio. Cortázar. Juego. Rayuela es un libro-juego, Rayuela es todas esas cosas que son o pueden ser a la vez. Rayuela es un libro gordo o un libro fino, un libro con el que cargué durante meses en los caminos a la facultad en otoño hace un año, siendo Madrid mi París entonces, y buscando a mi propia Maga. 

El libro es un libro de búsqueda, siempre eterna: contemplar el caos (página adelante, página atrás) y preguntarse si tiene sentido. Digo Rayuela como puedo decir: capítulo siete –ese que es tan breve que parece un poema– (Tocotuboca / conundedotocoelbordedetuboca / voydibujándolacomosisalierademimano); puedo decir: desorden; puedo decir: demasiado tarde, porque después siempre parece que era otra cosa, que la felicidad tenía que ser otra cosa, algo quizá más triste que esta paz y este placer, dice, porque Rayuela y su Maga es y ha sido siempre la compañera invisible para esos lectores que se dan cuenta de ello demasiado tarde, cuando tocan el vidrio con la nariz, y se preguntan entonces, quizás, qué es.

Encontrar a la Maga no es una pregunta, sino una respuesta.

 

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