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A través del Cine

Pablo García Conde
Blog de Pablo García Conde. Críticas de cine

Lo esencial en lo cotidiano

El principio contiene ya el final. La vida implica ya la muerte. Es una dualidad que Haneke tiene en cuenta. Por ejemplo, cuando muestra la muerte nos está hablando, en realidad, de la vida (recordemos a Anne mientras ve fotografías antiguas, diciendo que la vida es hermosa, y tan larga). O cuando muestra la sordidez, la enfermedad, incluso el homicidio, nos habla del amor. Esa negación de la apariencia sin embargo evoca algo esencial. La dialéctica está patente en otros detalles: los cuadros de la casa (que aparecen como las fotografías en Código desconocido) de repente nos evocan una realidad exterior que no existe en la película, pues nunca llegamos a salir de aquellas habitaciones. Tan sólo al principio, cuando el matrimonio asiste al concierto de un antiguo alumno. Las visitas son lo único que consiguen traer algo ajeno a los ancianos: las enfermeras, los vecinos, el pianista y la hija Eva (la actriz Isabelle Huppert repite nuevamente con el director austriaco) que no es capaz de asumir la enfermedad que padece su madre. Incluso una paloma, seguramente un detalle nada superfluo.

 

Haneke es fiel a su estilo provocador, capaz de tratar con sencillez los temas más complejos. Y además profundizando, siempre desde un análisis existencial, en la propia condición humana. Esta vez lo sórdido lo muestra a través de la vejez. Un progresivo deterioro de la mujer la coloca ante situaciones vergonzosas, ante lo cual su marido la cuidará durante su dependencia: la lleva al baño, la da de comer… e incluso ayuda a terminar  la agonía de un cuerpo que ya ha perdido el raciocinio. No sin antes mostrarnos lo vergonzoso de una reacción violenta (una bofetada que nos remonta a 71 fragmentos de una cronología del azar). Sólo Haneke es capaz de provocar ternura en medio de una narración tan explícita en lo que al dolor humano se refiere. Pero se libera del barato sentimentalismo y de la típica idealización amorosa, que en situaciones de total dependencia como las narradas no tiene cabida. Los planos fijos también dan idea de la pretensión objetiva al mostrar el drama (poderoso en sí mismo sin necesidad de muchos artilugios). Es capaz de enfrentar al individuo ante la nada y aún así permitirle experimentar lo bueno que ofrece la vida. Esta vez Haneke recurre al engaño para enfatizar el drama (la pesadilla de Georges o la ilusión con su mujer tocando el piano), que desentonaría si no fuese porque el final de la película sigue esa misma línea.

 

En la introducción ya se nos cuenta que vamos a presenciar una muerte. Pero es curiosa la conexión entre los bomberos que deben forzar la puerta del piso, con el matrimonio, en un acontecimiento anterior en el tiempo, al entrar en su casa y descubrir la cerradura forzada. De ahí la novedad en la última obra del genial director: es capaz de mostrar sin adornos la situación sórdida, pero a la vez con la ilusión y el engaño que no hacen más que enfatizar lo que ya sabemos: que el principio se conecta irremediablemente con el final, una dialéctica poderosa de colocarnos ante el abismo. Con cierto realismo mágico, en la línea de las escenas ya citadas, Georges desaparece, a modo de epílogo, guiado por su mujer, pero desconocemos su verdadero final, pues en la primera escena de la película sólo vemos el cadáver de Anne.

 

Así es el último trabajo del director de Funny Games, Caché, La pianista y La cinta blanca. Todas ellas películas con gran componente violento y sin pizca de piedad o condescendencia. Amor es otra cosa. Haneke nos guía esta vez hacia un territorio esencial (al estilo de L’amour à mort, de Alain Resnais), pero también, en su línea habitual, un territorio desconocido, ambivalente, mudo. Y sin la magnífica colaboración de los actores Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva posiblemente no se hubiera conseguido el efecto deseado. El resultado es una película sencillamente maravillosa.

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