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A través del Cine

Pablo García Conde
Blog de Pablo García Conde. Críticas de cine

Como la vida misma

Boyhood (momentos de una vida) puede ser considerada un experimento. Un experimento que utiliza el tiempo como materia prima. Rodada durante una semana al año durante doce años, se relata la etapa de niñez y adolescencia de Mason (Ellar Coltrane), a quien vemos crecer desde su periodo en el colegio y su paso por el instituto hasta llegar a la universidad. En su trayecto vital le acompañan su hermana Samantha (Lorelei Linklater), su madre (Patricia Arquette) y sus sucesivos novios lunáticos y maltratadores, así como diferentes amigos por cada nueva ciudad adonde se ven obligados a mudarse, y también su padre (Ethan Hawke) que, separado de la madre, desea volver a formar parte de la familia. Si decimos que se trata de un experimento no es solamente por la larga extensión en el rodaje para mostrar de manera natural los cambios de edad, sino también porque, como reza el título para su distribución en España, el relato se centra en momentos de una vida que no tienen por qué seguir un esquema narrativo en el que un acontecimiento desencadena, a su vez, sucesivos acontecimientos para hacer avanzar la historia.

 

Richard Linklater, el director de esta magnífica y revolucionaria película, no busca los momentos irrepetibles (o quizás la lágrima fácil, el instante trágico, el amor como aspiración más importante) porque sabe que cada momento de esa vida es de por sí único. No existe una pretensión de abarcar cada situación hasta el final buscando una posible explicación por parte del espectador: sabemos de los amores frustrados de la madre sin que haya por qué encontrar una continuidad en ellos, los amigos o la chica con la que sale Mason están en el instante que toca vivirlo, sin que por ello repercuta narrativamente después. Lo que en todo momento está latente es el fluir natural de cada acción y cómo de qué manera queda envuelto todo ello.

 

Linklater construye en Boyhood una visión de la vida como ya había empezado a realizar en su trilogía con Ethan Hawke y Julie Delpy en el que el tiempo es el aspecto central del relato. Reconocemos las constantes elipsis gracias a los cambios sufridos en el aspecto de Mason y a las situaciones distintas que va experimentando, que corresponden a instantes reales buscando, así, el realismo temporal del que hablamos: canciones de moda, la publicación de un nuevo libro de Harry Potter, elecciones en las que apoyan a Obama, conversaciones sobre Facebook y nuevas tecnologías… Y todo ello, como oímos en una ocasión, más que para capturar los momentos, para dejar que sean aquéllos los que nos atrapen a nosotros. En una de las escenas, Mason, que es un chico introspectivo, sensible, poco hablador y en cierto modo un bicho raro, le pregunta a su padre cuál es el sentido de todo, a lo que su padre responde con una carcajada sin saber qué decir. La respuesta correcta, como parece sugerirnos Linklater, quizás haya que buscarla en esos momentos intermitentes que construyen nuestra temporalidad, nos proporcionan recuerdos y que transcurren mientras nos preguntamos qué hacer con eso que llamamos vida.