Silueta juliocesar original

A mí que me registren

Julio César Izquierdo

No es lo mismo

No, no es lo mismo subir que bajar, decir que callar, mentir que afirmar, sentir que pasar. No, no es lo mismo digo que Diego o cantar que graznar.

Pero a veces se confunde, como la velocidad con el tocino y terminas preguntando cuántos kilos perderá el bicho si aumenta el precio de la luz y baja medio punto el cuarto gramo de lentejas. Porque abundar en la confusión sirve para convertir en sinónimos el culo y las témporas y lo único que provoca es que no distingas si vas o vienes, viendo la paja en el ojo ajeno pero nunca la viga en el propio.

 

Y es más frecuente de lo que parece y ocurre casi todos los días en mil y una facetas de la vida. El género humano es así, que tropieza mil veces en la misma piedra, culpando, por supuesto, a la propia piedra. Nosotros, salvo excepciones que confirman la regla, nunca tenemos la culpa. El error tiende a ser ajeno, fruto de las circunstancias, del entorno, del dejarte llevar, del no querer poner la otra mejilla porque, si la pones, es evidente, te la parten. Algo que, por otra parte, es normal, que madera de santo queda muy poca y la que hay se hace astillas con mucha facilidad.

 

Ya te digo que no es lo mismo afrontar que esconder la cabeza o prender la mecha y quedarse quieto en el sitio. Es muy diferente. Tendemos, probablemente por naturaleza y socialización, a buscar la aprobación del prójimo, el aplauso de la mini sociedad cercana, el piropo lisonjero, la alabanza efímera, la reafirmación. Pero no es lo mismo que te lo digan unos que otros, que dependiendo de quién venga lo puedes contabilizar o tirar directamente al cubo de la basura. Ocurre igual con el descrédito, con los dimes y diretes, que primero hay que pasarlo por el colador, filtrarlo convenientemente para que las impurezas dejen de circular por donde no deben.

 

Sí, no es lo mismo estar en acto que en potencia, ni parecido.No es lo mismo estar en la tapia de la cueva de Platón que precipitarse como un espartano al precipicio. No es lo mismo mover el mundo con motores rumbosos que moverlo con la palanca adecuada. Nada tiene que ver ni nada es semejante, salvo los gatos pardos en la noche. Pero tampoco conviene hacer filosofía en unos tiempos en los que las letras humanistas sucumben enteros ante los números.

 

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