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A mí que me registren

Julio César Izquierdo

Hay pueblos que se mueren

Paredes que lo resistieron todo y aleros que se proyectaban infinitos. Casas que barruntaban futuros que fueran dignos de su pasado. Calles que borbotaban conversaciones y, horizontes, eso sí, que permanecen inmóviles para que la cosa no se ponga peor.

Efectivamente. Hablo de algunos pequeños municipios dispersados por nuestra geografía regional que empiezan a sentir sobre sus nucas un desahucio que jamás se convertirá en titular a cuatro columnas. Localidades que viven de las pocas rentas que todavía sostienen sus ayuntamientos. En ellos no se practica el paseo invernal porque apenas moran vecinos. Con todo, resisten. Y algunos - no todos- de los que siempre vivieron en lo urbano, jamás entenderán que quieran seguir siendo libres y soberanos.

 

Es verdad que muchos inmuebles rozan la ruina, que algunas calles no tienen asfalto, que faltan farolas, que se masca el silencio y la tragedia. Pero será peor cuando el último héroe emprenda un viaje sin retorno que, salvo honrosas excepciones, no será a la cabecera de comarca (mal delimitadas por otra parte). Allí se quedarán los fallecidos y los recuerdos, puede que hasta el censo de empadronados, recibiendo la visita quincenal de un alcalde que lo intentará pero no lo conseguirá y de un secretario que se las maravillará para que la identidad no se funda a negro.

 

¿Merece la pena? se preguntarán algunos. Hay tantas cosas peores en nuestro sistema que no creo que los pequeños pueblos de nuestra región tengan que ser los paganos de una ordenación territorial poco explicada y menos comprendida.

 

Es cierto que se te cae el alma al vacío viendo según qué lugares, máxime cuando sus responsables munícipes - que salen gratis de gratis- te narran sus experiencias y la imaginación que tienen que derrochar para mantener lo más básico.

 

Probablemente, no lo niego, terminarán desapareciendo del mapa, para alegría de muchos e indiferencia de otros. Mas no se pueden poner puertas al campo ni obligar a nadie a vivir en espacios donde falta hasta lo más elemental. Claro que tampoco hay que olvidar que puede tratarse de una filosofía de vida. Eso sí, sería saludable hablar de ello con los afectados, hacer números, que a lo mejor hubieran cuadrado… sobre todo viendo los millones dilapidados en algunos puntos.

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