Silueta juliocesar original

A mí que me registren

Julio César Izquierdo

En siendo canalero por el Ramal Norte

De cómo estando por Alar del Rey me convertí en marea

 

Sucedió un día normal como tantos otros, aunque conviene matizar que las cosas son normales o extraordinarias en función de la oreja que escucha.

Cuando llegué, montado en carruaje señorial, no había pueblo y sí muchos halcones de fuerza vital que se creían los dueños del cotarro y así era. Pronto se percataron de mi lustrosa presencia y a Dios pongo por testigo si en algún momento no llegué a pensar que se lanzarían sobre la figura del que les habla para convertirme en picadillo y anzuelo. No sé por qué. Que uno no estaba famélico y no consta que los neblíes atacaran a las personas (o si era así, yo no tenía conocimiento de ello). Pero qué va. Sus intenciones eran tan nobles como las mías. Eran unos señores, ¡vaya si lo eran!, celosos tal vez de su reducto de paz.

 

Por alguna extraña razón me acordé del Conde Fernán González y lancé al aire un puñado de granos de trigo que guardaba en la faltriquera y encendí, ceremonialmente, mi pipa, ondulando el ambiente en círculos concéntricos y pensando que estaba en un punto estratégico.

 

Media hora más tarde ya conversaba con los halcones, llevando la voz cantante uno de tamaño imponente y que tenía los ojos como el fuego. Le comenté que venía de Los Torozos, allá por el límite del Valle de los Olivos, que andaba buscando el Mar y que no descansaría hasta cumplir el mandato.

 

Haz lo que quieras, me dijo, pero yo que tú me quedaría por aquí, pues sospechamos que llegan buenos tiempos y que donde ahora estamos resurgirá un pueblo y las calles se pintarán de vida y algarabía. Vaticinamos incluso la llegada de todo tipo de cargamentos con múltiples productos que seguirían ruta hacia el norte, bajando tabaco, café y aguardiente. ¿Qué te parece? Pues me parece mucho aventurar, que nunca he creído en profecías y agüeros, contesté. Y, aun siendo como dices, ¿dónde está el Mar que yo busco?

 

No obtuve respuesta y por alguna extraña razón que entonces no comprendí, esperé sentado en el llamado estrecho de Nogales y sucumbí al sueño de la vida de un tal Calderón, meciéndome en barcas de papel que después solidificaron. Y al despertar, cuando los huesos eran polvo, dime cuenta de que no cogí las de Villadiego: me quedé y disfruté. Que el mar vino a mí, siendo marea tantos años después.

 

Que te busquen en Herrera, por piedad

 

Pasando primero por Castrillo de Río Pisuerga y luego por Melgar de Fernamental. Pero que te busquen. Que me parece eres un rato travieso y ya no tienes edad de andar burbujeando por ahí. Y lo que pasa es que andas loco de contento porque te han remozado, amigo Canal de Castilla, y estás viviendo una segunda juventud. Además, me he enterado que te gusta que te alaben, que te paseen, que te troten, que te pedaleen, que se sienten a la verita para estampar digitales que luego pueblan la Red de redes. Que sí, que me parece muy bien. Yo te digo lo que te digo, que te están buscando y ya llegan por Herrera y por Piedad te lo pido: que te entregues para ser universal. ¿Te parece poco delito? Bendito Canal.

 

Espera, que te amago por Osorno

 

Te amago por Osorno en dulce y disfruto de la ronda en los días de Nuestra Señora de Ronte. Que nada hay mejor que cruzar el cruce de caminos, bordeando vegas que dicen del Valdavia y el Boedo, reclamando el viejo asentamiento de la Dessobriga romana y sintiendo de cerca que estamos por los Campos que se cosechan en formas de alacena y repostería. Pueblo de vivencias, que sirve de intersección con sabor de roscas marianas, dejando siempre buen sabor de boca y un apetito mesurado que te clama para que, en no tardando, revuelvas por lo andado.

 

Y aquí se cierran, tres en una, las vivencias de un juglar en su periplo metafórico por los pagos de un ramal al Norte. Pero hay otras muchas historias que ustedes pueden ir protagonizando, descubriendo, casi seguro, nuevos matices. Que así sea.

 

 

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