Silueta juliocesar original

A mí que me registren

Julio César Izquierdo

Carrera de ríos

Érase una vez un jardín pequeñito que tenía flores gigantes y tiestos que se resbalaban por los tapiales de su delimitación.

En un rincón, entre petunias y choperas, una huerta. Una huerta plagada de calabacines y enredaderas comestibles –a juicio de los pardales y los tordos- que trepaban por las sillerías de un viejo torreón que antaño tuvo hadas y merlines en forma de botargas que tocaban el rabel y el pandero cuadrado.

 

En el jardín pequeñito también crecían como hongos las higueras y se daban como setas los champiñones y las lombardas, las alubias y los guisantes parlanchines, que eran los que daban conversación a los tomates y cardos, y también a los cangrejos del estanque, que estaban todo el día haciendo desfiles caminando hacia atrás.

 

Había un montón de abono y carretillos de madera y restos de lechugas que picoteaban los pavos y las gallinas del vecino. Se colaban por la trasera, que siempre estaba abierta, pasando las mañanas a su aire, cacareando y pavoneándose, como diciendo “aquí estamos y ya nos iremos cuando nos venga en gana”.

 

En el jardín pequeñito se vivía muy bien y en sus alas del norte se acariciaban montañas que parecía que estaban encima y andaban muy lejos. Decían los mirlos y los milanos informantes, que los hilos de color plata que se veían eran los ríos, uno, la moza Pisuerga, otro, el travieso Carrión. Corrían como locos, horadando vegas siempre fértiles y adosando puentes a sus biografías de arroyos y afluentes, cultivando meandros y estambres de jalea real.

 

Desde el jardín pequeñito se veía toda su vida, sin arrugas y sin matices. Lo decían sin rubor las calandrias y lo corroboraban los erizos viajeros, mientras que la vieja comadreja decía que sí, que ella lo sabía de buena tinta. Aseguraba que entre ambos había más que un deslizarse cuesta abajo y cuesta arriba y que ya se sabía, era un clamor, que sus idas y venidas se habían trocado en gárgolas y arremuescos que se pregonaban sin tapujos por lindes y majadas. Se comentaba que el cántaro se había roto, emergiendo nuevas aguas de nieve y jazmín, de oxígeno y balbuceos contenidos. Para la comadreja, que no era amiga de chismorreos y dimes sin fundamento, lo del Canal era sabido. Ellos eran los responsables progenitores y su gestación solo podía traer cosas buenas.

 

En el jardín pequeñito todo tenía su justa proporción y lo que no cuadraba se salía por la tangente, haciendo mutis por el foro.

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