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A mí que me registren

Julio César Izquierdo

¿ALEA JACTA EST?

Dicen que hay dos negocios redondos para el ámbito rural: abrir delegaciones de los tanatorios capitalinos y montar residencias de ancianos y/o centros de día.

Y es que el mundo rural está envejecido y sin relevo generacional, aunque también habría que señalar que, gracias a nuestros mayores, los pueblos siguen existiendo. Ellos, en gran medida, siguen tirando del carro.

 

En cuanto a los jóvenes, ya lo sabemos, se marchan. La mayoría porque no encuentran trabajo y otros, no lo olvidemos, porque, sencillamente, no les gusta vivir en la localidad. Puede, quizás, que no se haya inculcado el necesario cariño a la tierra o puede que, simplemente, las cosas sean así: muchos estudiaron sus carreras universitarias y tienen que ejercer sus funciones en los lugares donde pueden desarrollarlas; es decir, en las ciudades o en los grandes municipios rurales. Sin embargo, todos lo sabemos, existen otras posibilidades y situaciones.

 

Sea como fuere, la llamada de la ciudad es fuerte, abrumadora. En ella se concentra y condensa todo: lo administrativo, educativo, sanitario, lúdico, los comercios, los talleres y hasta alguna sede de desarrollo rural (que tiene guasa la cosa). Lo urbano tiene gancho, tiene y genera atracción. Mientras, los pueblos -los que pueden- tienden a convertirse en una  extraña prolongación ociosa de las ciudades. Y es así porque lo demanda el propio urbanita. Hombres y mujeres que buscan los buenos restaurantes del pueblo, las mejores casas de hospedaje, las fiestas más genuinas (aderezadas y adaptadas para no molestar), los paseos más agradables. Nada que no puedan encontrar, si me apuran, en la propia urbe en la que habitan. En definitiva, en los pueblos hemos sabido captar su necesidad y hemos dado respuesta a sus inquietudes. Pero lo rural, no se engañen, es mucho más. Es el día a día.

 

Es la pelea por mantener activos. Es la batalla por la supervivencia, la búsqueda de fórmulas que frenen la despoblación sin cargarnos nuestra identidad y nuestra idiosincrasia. Porque los pueblos, aunque a veces parezcan una prolongación ociosa (y diferente) de las ciudades, ni están todo el día de jarana verbenera, ni están todo todo el día lamentándose, ni están permanentemente en guardia. Los pueblos están siempre.

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