Silueta original

35 mm

Boris García

Son malos tiempos para la fotografía

Recuerdo una conferencia a la que asistí en mis tiempos de estudiante en la que se expuso el que es, en mi opinión, el quid de la cuestión de la  fotografía de prensa actual. El ponente –del que no recuerdo el nombre y al que mi cochambrosa memoria impide la cita obligada- vino a decir que la proliferación de dispositivos de grabación audiovisual –en los móviles, en camaritas cada vez más compactas, en las tablets, hasta en las cafeteras de última generación- es la competidora inmediata y más cruel del reportero de toda la vida, aquél de la 35 mm colgada del hombro, el chaleco, el pitillo en la oreja y el instinto de cazador dispuesto para saltar en cualquier momento sobre lo noticiable.

Vamos, que la democratización tecnológica, el que cualquier individuo del orbe disponga de una cámara de fotos y una de video HD integradas en el espacio que ocupa el bolsillo del pantalón, disponen una especie de Gran Hermano global y unas nuevas reglas con las que el periodismo gráfico tradicional se encuentra en fuera de juego. Y es que, cualquiera que esté allí y sea capaz de darle al play o al disparador  es ahora espectador y  fortuito fotógrafo que captura el momento.

 

En el turno de preguntas, uno de los espectadores, un  estudiante de imagen, supongo, herido en su orgullo de futuro profesional -con mucha suerte-, le espetaba al conferenciante con la otra cara de la moneda: el evidente dónde queda entonces la calidad que sólo un tío con preparación y, sobre todo, con un saco de años de experiencia a sus espaldas le puede dar al producto. Barrunté yo entonces en silencio la respuesta; en un lamentable segundo plano, sin duda.

 

Acabó el coloquio, sin solución de continuidad, sin vencedor, ambas posturas  tan inamovibles como dos monolitos. Una de ellas, sin embargo, se me resquebrajaba, porque no hacía más de dos horas que por aquel mismo escenario había pasado Luis Laforga con su gracejo, sus cuatro décadas de cámara en ristre y, sobre todo, con su demostración de que la película nunca capta sólo la realidad que tiene delante, sino también al hombre que  hay detrás del visor. Es decir, lo que separa hacer fotos de ser fotógrafo.

 

Y lo que son las cosas, dos años después, el que aquí escribe acaba de cumplir un ciclo en esto de la fotografía de prensa, el género al que nunca pensé que me fuera a dedicar, la verdad. Advenedizo despreocupado, supuse que el asunto fuera de la exactitud del estudio iba a ser fácil y que todo se reducía a plantarse con un flash delante del evento en cuestión y disparar. Tanto me equivocaba que aún hoy sigo en alambre de intentar hacer más cosas bien que las que hago mal –qué gran verdad lo de que tus peores fotos serán las cien mil primeras-. Y si algo me ha quedado claro es que el reportaje es la disciplina más difícil de todas, porque, más allá de la técnica, es la esencia misma del hecho fotográfico, aquello del instante decisivo  de Cartier-Bresson, el arrancar del acontecimiento, incluso del más trivial, la instantánea  que lo condense y signifique.

 

Creo que el lenguaje de la sociedad contemporánea es la imagen. Está claro. La publicidad, el cine, la televisión y el mayor invento de la humanidad desde el fuego, internet y sus redes sociales,  ordenan un nuevo universo basado en ella  en el que todos somos creadores y receptores  al mismo tiempo. Y, a riesgo de parecer exclusivista –cuanto amateur hay por ahí suelto con una  calidad no tendré en mi vida-, en este contexto de saturación audiovisual, banalizada y devaluada,  lo más curioso y contradictorio es que la crisis le haya metido un tajo tan importante a tantos profesionales del medio.

 

Titulaba  yo el artículo permitiéndome el lujo, nada original, de parafrasear el título de la canción de Golpes bajos Son malos tiempos para la lírica. Lírica, esa es la diferencia. La de encuadrar una porción del mundo y no otra, la de la mirada personal, lo subjetivo que se esconde tras lo objetivo. Si no me creen, disfruten de la  ganadora del último World Press Photo. Puede que pudiera hacerla cualquiera que pasase por allí. Sinceramente, no lo creo.

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