Silueta original

35 mm

Boris García

Guerra mundial Z

A partir de que George A. Romero inaugurara el género zombi con La noche de los muertos vivientes, en 1968, han sido innumerables las creaciones y recreaciones de éste, instaurándose con derecho propio como uno de los bastiones temáticos no sólo del cine de terror, sino del cine con mayúsculas.

Desde la novela –no debe olvidarse la seminal Soy Leyenda, de Matheson- pasando por el cómic –The walking dead- , la televisión –The walking dead, otra vez- y la gran pantalla. De las producciones de serie B hasta la Z, pasando cada vez más habitualmente por la A. De la casquería sinvergüenza y los excesos hemoglobínicos hasta la metáfora social más o menos seria. Desde las explotaciones italianas hasta el cine americano más puramente Hollywoodiense.  Y con todo un arsenal de variaciones argumentales que siempre han hecho las delicias de la discusión sin complejos más  friki y cinéfaga: magia vudú aderezada con cócteles de polvos caribeños, experimentos que se salen de madre,  contaminación biológica o nuclear o vírica o vaya usted a saber, como orígenes; los zombis, desde el torpón no muerto romeriano hasta los salvajes reanimados de nuestros días, con toda una variedad de estados intermedios prácticamente inclasificable.

 

Los zombis vinieron para quedarse y últimamente parece que están más de moda que nunca. Y la última película en morder las carteleras españolas, hace apenas una quincena de días,  es el proyecto apadrinado y protagonizado por Brad Pitt, Guerra Mundial Z, que a estas alturas desde su estreno  se ha convertido ya en el film más taquillero del actor, que se dice pronto.

 

Dirigida por el versátil  Marc Foster –Monster´s ball, Cometas en el cielo o Quantum of Solace, por ejemplo- narra las andanzas de Gerry Lane, agente de las Naciones Unidas, en su búsqueda  de una solución a la inexplicable epidemia mundial de zombis que amenaza con acabar con el planeta.  Esta sinopsis es tan simple como el propio argumento de la película y es precisamente en este hecho en el que radica su principal problema y limitación. La historia, nada nuevo bajo el sol, ha sido repetida en tantas ocasiones que se ha obviado una presentación y un hilo conductor solventes y el resultado, muy lejos de 28 días después o de Amanecer de los muertos –como contrapuntos recientes- es una serie hueca de situaciones y escenas.

 

No deja de ser  cierto que lo que le falta en cuanto a pulso narrativo, lo tiene en el cinematográfico, con una forma simple y competente de filmar la acción y gestionar los efectos digitales muy de agradecer, en comparación, claro, con los cánones del exceso de las producciones actuales.

 

Si a esto le añadimos  el comedimiento en cuanto a los ingredientes gore y una calificación por edades bastante amplia –no recomendada para menores de 16 años, aquí en España-, junto a la carismática presencia de Pitt, no es difícil comprender que se haya convertido en uno de los taquillazos del verano.

 

Sin más pretensiones que las de ser una disfrutable cinta de acción, incluso sin apenas ningún atisbo de lectura social tan habitual dentro del subgénero, Guerra mundial Z puede ser un buen paréntesis de los calores veraniegos, al fresquito del aire acondicionado de un multisala junto con la caja más grande de palomitas que allí nos vendan.

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