Silueta original

35 mm

Boris García

Fotografía

Era en un pueblo en el que anidaban centenares de cigüeñas. El sol de la tarde de finales de agosto se derramaba  sobre las espigas de una cosecha plena. La pequeña iglesia románica, encerrada en el resplandor ambarino de un  tiempo que parecía no continuar.

Tú, apenas enfocada en un contraluz que incendiaba una miríada de briznas inmóviles,  te alejabas camino arriba.  Y tu perfil, esbozado entre las sombras, se giraba hacia delante en el preciso instante en el que apretaba el disparador.

 

Quizás no fuera así, y no lo sospechábamos, pero, después de todos estos años, se me antoja que fue entonces, en la fotografía que ahora sostengo entre las manos, cuando iniciamos un distanciamiento tan largo como el retorno a casa.

 

Concebimos la imagen, con nuestro positivismo insuficiente, como un trasunto fiel del mundo; una simple refracción de haces de luz sobre una superficie que lo define. Sin embargo, si bien la realidad física es la forma de la fotografía, lo indeterminado es su esencia. Una gramática a través del contraluz y la sombra, de lo reflejado en espejos ambiguos, de lo que queda fuera del foco, con significados reconstruidos dentro del más puro subjetivismo con los mismos tejidos que el recuerdo.

 

Las fotos personales, de esas que antes se guardaban en cajitas de hojalata y que nuestros abuelos se empeñaban  en mostrarnos  en más de una tarde de lluvia cuando éramos niños, son un borroso  viaje de vuelta que cruza el espacio entre lo que fuimos y lo que somos, o entre lo que creemos que fuimos y lo que creemos que somos.

 

Las fotografías  y la memoria se desvanecen con el paso del tiempo en una pátina de niebla. Es la nostalgia. Pero lo que nos arrancan de dentro sin misericordia  cuando volvemos a verlas es, simplemente, nuestra vida.

 

Nosotros.

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